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Famosa por sus termas y su esplendor durante el siglo XVIII, Bath es una ciudad pequeña, ordenada, fácil de recorrer y, además, Patrimonio de la Humanidad. Su historia, ligada al agua y a la vida social de la época, sigue muy presente Londres imprescindible: 20 consejos de un viajero para visitar por primera vez la capital inglesa Bath es una de esas ciudades que podrían pasar desapercibidas, pero que sin embargo se merecen una buena visita. Es pequeña, ordenada y fácil de recorrer, y se encuentra en el suroeste de Inglaterra, a un paso de Brístol. Es un lugar cargado de historia, y con un aire elegante que se repite en calles, plazas y fachadas. No es una ciudad monumental al uso, ni tampoco una capital con grandes iconos. Pero tiene mucho que ofrecer, y todo crea un conjunto acogedor e interesante. Buena parte de esa sensación tiene que ver con su historia. Bath es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y, en realidad, lo es por partida doble: por su pasado romano y por la ciudad georgiana que se levantó siglos después. Primero fueron las aguas termales, que ya utilizaban los romanos hace casi dos mil años. Luego llegó el siglo XVIII y con él la transformación en uno de los grandes destinos de ocio y salud de la Inglaterra de la época. Lo mejor es que ambas capas siguen muy presentes hoy, y es muy fácil percibirlas. Por eso, más que ir saltando de un punto a otro, lo que apetece aquí es entender cómo se ha construido la ciudad y qué queda de cada etapa. Desde el complejo termal que lo empezó todo hasta los grandes conjuntos residenciales del XVIII, pasando por iglesias, puentes y algunos lugares con historia propia que ayudan a completar esa imagen de armonía que desprende. Una ciudad construida alrededor del agua Para entender Bath hay que empezar por el agua. Mucho antes de que existiera la ciudad, este lugar ya era conocido por sus manantiales de aguas calientes. Los celtas los consideraban sagrados, y no es difícil imaginar por qué. En un entorno frío y húmedo, esa agua que brota caliente de la tierra tenía algo especial. Fueron los romanos quienes desarrollaron el lugar. Construyeron aquí un complejo termal y un templo dedicado a Sulis Minerva, y la ciudad pasó a llamarse Aquae Sulis. No era solo un espacio para el baño, sino también un punto de encuentro con cierto peso social, donde se mezclaban ocio, religión y vida pública. Tras la caída del Imperio romano, Bath perdió protagonismo y quedó durante siglos en un segundo plano. No fue hasta el siglo XVIII cuando volvió a cobrar importancia, convertida en destino de moda para la aristocracia británica. Ese momento marcó su desarrollo urbano, con una planificación muy cuidada, y explica en gran medida la imagen que conserva hoy. La abadía de Bath. El corazón de Bath: donde empezó todo El entorno de las termas romanas es el mejor lugar para empezar. Aquí se concentra el origen de la ciudad y uno de sus espacios más visitados. El complejo permite entender cómo funcionaban estos baños en época romana. El Gran Baño es la imagen más reconocible, con ese vapor constante sobre el agua, pero alrededor hay distintas salas que formaban parte del recorrido, además de restos del templo y piezas originales que ayudan a completar la visita. El conjunto está bien explicado y no se limita a ser un espacio arqueológico más. Justo al lado está la abadía de Bath. El edificio actual, de estilo gótico, destaca por su altura y por la luz de sus vidrieras, además de por una fachada bastante característica que la hace fácilmente reconocible. Más allá de su valor histórico, aporta una imagen monumental, porque sin duda su envergadura impone. El Royal Crescent de Bath. La Bath georgiana: elegancia en piedra Al alejarse del núcleo más antiguo aparece la Bath del siglo XVIII, que es la que define su imagen actual. De hecho, ¿te suena la serie de época Los Bridgerton ? Pues no es casualidad que haya utilizado esta ciudad como escenario. El centro histórico se recorre con facilidad. Calles proporcionadas, plazas bien integradas y una continuidad en la piedra que le da mucha coherencia al conjunto. Lugares como Abbey Green o Queen Square reflejan bien esa planificación, pensada para crear una ciudad ordenada y atractiva. Los ejemplos más claros de esta etapa son el Royal Crescent y The Circus. El primero es una gran fachada en forma de media luna abierta a una zona verde. El segundo, una plaza circular inspirada en modelos clásicos. Ambos responden a una misma idea de orden, proporción y cierta puesta en escena. En el Royal Crescent, además, se puede visitar la Casa N.º 1, una vivienda convertida en museo que nos hace viajar en el tiempo. Una manera perfecta de completar la visita añadiendo contexto sobre cómo se vivía en aquella época. Pulteney Bridge, en Bath. Entre puentes, jardines y paseos Más allá de los puntos principales, Bath también se disfruta cuando vas de un lado a otro por sus calles. El puente de Pulteney es uno de los lugares que tienes que marcar en tu mapa. Es un puente con edificios a ambos lados, algo poco habitual, y en su interior hay pequeñas tiendas. Desde la zona del río Avon se obtiene una de las vistas más conocidas, especialmente por la pequeña presa, con caída en cascadas, que se forma justo debajo. Siguiendo el río, aparecen espacios como los Parade Gardens. Con zonas abiertas y bien cuidadas, que sirven para cambiar de ritmo durante el recorrido y ver la ciudad desde otra perspectiva, más verde y aún más relajada. En este mismo paseo encaja una parada en Sally Lunn’s, donde puedes tomar un té y un Bath bun , una especie de bollito de leche que es todo un clásico. Se considera la casa más antigua de Bath, con orígenes en el siglo XV, y es interesante de visitar por su historia y su continuidad en el tiempo. Es uno de esos lugares que ayudan a entender que la ciudad no es solo un conjunto bonito bien conservado, sino también un sitio muy vivo y vivido. Parade Gardens, en Bath. Bath literaria: la ciudad de Jane Austen (y algo más) Bath también tiene su lado literario. Jane Austen, autora de obras como Orgullo y Prejuicio , Emma o Sentido y sensibilidad, vivió aquí durante cinco años, y la ciudad aparece en algunas de sus novelas, especialmente como escenario social. Su relación no fue especialmente entusiasta, pero su presencia forma parte de la historia local. Hoy existe un centro dedicado a su figura que ayuda a entender mejor ese contexto y la sociedad en la que se movía. Para muchos amantes de la literatura, el Jane Austen Centre supone una visita del todo imprescindible. Pero hay más, porque también Mary Shelley, autora de Frankenstein, pasó por Bath, y aunque su vínculo es más breve, también cuenta con su propio centro: el Mary Shelley’s House of Frankenstein. Además, está prácticamente pegado al de Jane Austen. The Jane Austen Centre. Un poco de información práctica para visitar Bath Llegar a Bath es sencillo. El aeropuerto más cercano es el de Brístol, bien conectado con la ciudad. También se puede llegar fácilmente desde Londres en tren, en un trayecto de aproximadamente una hora y media, con bastante frecuencia de servicios. Una vez allí, lo más práctico es moverse a pie. Es una ciudad compacta y las distancias son cortas, por lo que no hace falta recurrir al transporte para moverse entre los principales puntos de interés. En cuanto al tiempo, un día permite ver lo principal, aunque lo recomendable es dedicarle algo más para recorrerla con calma, entrar en las termas y visitar alguno de los espacios interiores sin estar pendiente del reloj. Que, en definitiva, es como mejor se visita una ciudad como Bath, donde constantemente tienes la sensación de estar viajando a épocas en las que no existían las prisas.
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