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Dajiao no es más que una madre, pero prefiere no desvelar su identidad real. En esta China de silencios crecientes hasta los niños, menguantes, se han convertido en tema delicado. No son pues sus llantos, sino la ausencia de ellos, lo que quita el sueño a un país que sigue hundiéndose en su particular crisis demográfica. Las últimas cifras oficiales abren una nueva sima. Solo 7,92 millones de bebés nacieron en China a lo largo de 2025, según datos difundidos a principios de año por su Oficina Nacional de Estadística. Estos suponen una caída del 17% con respecto a los 9,54 millones de 2024, menos de la mitad de los 16,55 registrados hace una década en 2016, y la marca más baja que consta desde 1949, cuando comienzan los archivos formales. Quizá incluso antes. En la China actual de 1.405 millones de habitantes , «los nacimientos han caído a un nivel comparable al del año 1738, cuando la población total solo era de unos 150 millones», estima Yi Fuxian, académico de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.). El invierno demográfico representa un fenómeno global, pero sus gélidas manifestaciones en China resultan en gran medida autoinfligidas. La 'Política del hijo único', quizá la mayor campaña de ingeniería social en la historia de la humanidad, habría prevenido hasta 400 millones de nacimientos desde su entrada en vigor en 1979, la mayoría niñas. «El descenso de la fertilidad es un contagio global inevitable, como una enorme roca rodando cuesta abajo, y la 'Política del hijo único' le dio una patada decisiva, acelerando su caída», metaforiza Yi. «Será muy difícil para China volver a empujarla cuesta arriba». En 2016, el número de descendientes permitidos se incrementó a dos. En 2021, a tres. También se retiraron las medidas punitivas, un desmantelamiento de facto, que no una liberalización ni una enmienda, términos siempre problemáticos para el régimen. Para entonces Yi, referencia mundial de la demografía china, llevaba ya más de una década advirtiendo de la crisis en ciernes. «Las autoridades centrales y provinciales han emitido cientos de prohibiciones dirigidas contra mí, algo prácticamente sin precedentes», cuenta. «Por ejemplo, mi libro 'Big Country with an Empty Nest' ['Un gran país con un nido vacío', sin edición en español] fue publicitado en Hong Kong como 'el libro más prohibido de China en 2007'». El académico descompone el fenómeno en tres problemáticos factores. El primero, siempre, económico. «La renta disponible de los hogares representa entre el 60 y el 70% del PIB a nivel internacional, en Taiwán el 59%, pero en China solo el 44%, lo que hace que criar hijos resulte menos asequible para las familias chinas». Constituye este un diagnóstico recurrente. Un informe publicado en 2024 por el Yuwa Population Research Institute, con sede en Pekín, concluía que el coste medio de mantener a un vástago hasta la mayoría de edad asciende en China a 538.000 yuanes (67.200 euros), más de 6,3 veces su PIB per cápita, frente al 4,11 de Estados Unidos o el 4,26 de Japón, solo superado por el 7,79 de Corea del Sur. El segundo factor de Yi es «fisiológico»: las mujeres casadas en edad fértil, simplemente, escasean . «El número de matrimonios cayó de 13,47 millones en 2013 a 6,11 en 2024, una tendencia que continuará». El tercer y último factor es cultural. «Décadas de políticas de planificación familiar y educación antirreligiosa han socavado los valores familiares», señala. «Una encuesta de 2022 reveló que, aunque el número medio de hijos deseados por las mujeres chinas era de 1,64, este descendía a 1,54 para las nacidas después de 1990 y a 1,48 para las nacidas después del 2000». Todas estas circunstancias se plasman en el caso de Dajiao. Ha cumplido 40 años, tuvo un bebé a los 37 y no desea más. Influye el desembolso económico, pero subyace asimismo otro motivo: su propia experiencia como niña de la 'Política del hijo único'. «Crecí siendo hija única y fui feliz. Formo parte de una generación que creció sin hermanos en un país que no era rico y pudo disfrutar de la concentración de todos los recursos familiares». Por ello, no duda en considerarse una «beneficiaria de esa política». Su testimonio ilustra las dificultades que afrontan las autoridades a la hora de revertir sus exigencias a la sociedad. Así, la represión ha dado paso a todo tipo de medidas natalistas, como una prestación nacional que concede a cada familia 3.600 yuanes (450 euros) anuales por cada descendiente menor de tres años, o la promesa de ampliar la cobertura de los seguros médicos para incluir los gastos derivados de los nacimientos, entre muchas otras. «Ahora es más fácil inscribir a los niños en las guarderías públicas», comenta Dajiao. «También hay más parques y más instalaciones infantiles. En mi urbanización, por ejemplo, instalaron de manera gratuita una zona de juegos». Nada, en cualquier caso, que le haga cambiar de opinión. Para quienes la naturaleza decidió, está la ciencia. China ha impulsado las técnicas de reproducción asistida, en particular la fecundación in vitro (FIV), cuyos tratamientos pasaron de unos 236.000 en 2013 a más de 1,1 millones en 2019. Yi, no obstante, le concede un impacto marginal. «Recurrir a la FIV para aumentar la tasa de natalidad es un pozo sin fondo desde el punto de vista financiero y su efecto es muy limitado. Cualquier país que recurra a ello fracasará, porque no hay incremento que pueda compensar el descenso de la fecundidad provocado por el retraso en el matrimonio y en la edad de tener hijos». Las autoridades chinas cuentan asimismo con otra herramienta distintiva: la prohibición. Al fin y al cabo, no hay derechos humanos que restrinjan al régimen que impuso esterilizaciones y abortos forzosos por millones. Por ahora, este modelo coercitivo no tiene más presencia que el nuevo impuesto del 13% a preservativos y otros anticonceptivos, así como las trabas administrativas para tramitar un divorcio. Dajiao, que no quiere tener más hijos, no teme que el Gobierno se involucre en su decisión. «Eso no va a suceder, es mucho más complicado de implementar, no pueden forzar a la gente a hacer el amor», ríe. Yi coincide, pero sí prevé una limitación del aborto. «Es poco probable que impongan restricciones al aborto tan estrictas como las de Estados Unidos, y menos aún que se prohíba por completo, pero sí tratarán de reducir la prevalencia de los abortos 'médicamente innecesarios'». «El uso generalizado del aborto como instrumento clave de control demográfico han hecho que la población china sea más receptiva al aborto que la de cualquier otro país. Incluso en 2020, cuatro años después del fin de la 'Política del hijo único', el 43% de todos los embarazos seguían terminando en aborto», enfatiza. «Es una ley ecológica que la densidad inhibe el crecimiento de bacterias, plantas y poblaciones animales, y los seres humanos no son una excepción», tercia Yi. Sus palabras apelan a la intermediación de principios naturales, y con ellos al fracaso inexorable de la ingeniería social. El anonimato requerido por Dajiao, a su manera, lo corrobora: «Es como un automatismo, se trata de una cuestión muy compleja que no solo está relacionada con la política, también con dinámicas sociales». La disminución generalizada de los nacimientos es síntoma de un problema profundo en la esencia de la vida comunitaria. «En las inscripciones en huesos oraculares [los textos más antiguos de la cultura china, originados en el siglo XIV a.C.] el carácter de 'emperador' aparece como un pictograma del receptáculo de una flor, símbolo de fertilidad, lo que implica que la responsabilidad primordial del gobierno es sostener a la población». Una sabiduría tan ancestral como universal. «En 'El espíritu de las leyes', Montesquieu sostenía que el crecimiento de la población es un indicador clave de buen gobierno y prosperidad nacional», compara Yi. «Para restablecer la capacidad de regeneración de la población, se requieren reformas transformadoras, capaces de cambiar el paradigma en lo social, económico, político, cultural y ético», concluye. «Esto no es algo que pueda lograr un solo país; requiere colaboración a escala global».
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