La Opinión de Málaga
Nietzsche imaginó el pensamiento más abismal: ¿y si todo lo que has vivido volvieras a vivirlo, una y otra vez, hasta el infinito? No como castigo ni como recompensa, sino como prueba. El eterno retorno no es una cosmología, es un espejo. Y lo que devuelve ese espejo, si uno se atreve a mirarlo, no siempre es un rostro dispuesto a bailar sobre las ruinas de Dios. Cada año, en primavera, el mundo occidental detiene su marcha. Las ciudades se llenan de procesiones, de túnicas, de silencio litúrgico. Las calles huelen a cera derretida y azahar. Hay algo hermoso en ese rito, sería necio negarlo. Pero hay también algo inquietante: que siglos después de la muerte de Dios proclamada por el propio Nietzsche, seguimos organizando nuestro calendario, nuestros cuerpos y nuestros duelos en torno a una deuda contraída con lo sagrado. Que el mundo se paralice en Semana Santa no es un dato folclórico: es un síntoma.
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