La Opinión de Málaga
Más allá de sus presumibles beneficios materiales, la popularidad, además de incómoda, resulta a veces escarnecedora. Incluso, en la literatura, donde los autores más citados suelen estar muertos y el resto -salvo excepciones de frenética y a menudo dudosa actividad extraescolar- no le importan a casi nadie. Que hablen de ti no siempre es un éxito. Y las víctimas, a estas alturas del parque público y de internet, se cuentan por millares. En la pandemia, ese periodo todavía por examinar y ajusticiar en sus aspectos más serios y dramáticos, las hubo de todos los colores, aunque quizá ninguna tan acusada como el pobre Pascal, quien, puestos a ser frívolos, podría figurar entre los grandes damnificados del encierro, acaso a un nivel de humillación apenas comparable al de los convivientes obligados a amasar pan y otras perversiones análogas por parte de sus parejas. Está, cómo no, Marco Aurelio, pero aquella cita de Pascal, lo que todos los problemas del hombre se deben a su incapacidad para permanecer a solas en una habitación, se lleva de cajón el premio del jurado y hasta la disputadísima palma. Entre otras cosas, porque no es lo mismo pacer sin compañía en una celda del siglo XVII que en un piso de La Malagueta provisto de internet y rodeado de vecinos que aplauden. Por eso, y por lo de la soledad, que es algo que conlleva sus riesgos y que no se suele dar simplemente con cerrar la puerta. Para estar solo y sentir la soledad hace falta echarle más redaños. Y si no que le pregunten a Pavese.
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