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Su nombre era Frank Brown, pero los chicos lo pronunciaban Flan Bon y lo reconocían por su ceja levantada. Radicado en la Argentina, creó un circo que se volvió antológico por la calidad de sus puestas, en las que combinaba espectacularidad, peligro, destreza y arrojo. Fue el deleite de los porteños y hasta sufrió ataques por permitir la entrada gratuita a niños humildes. La historia de un payaso que hacía mucho más que reír
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