Cope Zaragoza
Romualdo González, un agricultor de Benamaurel (Granada), ha encontrado en el cultivo del pistacho una prometedora forma de vida tras un largo periplo laboral que le llevó de la hostelería y la construcción a una fallida aventura en Suiza. Su historia es un ejemplo de reinvención y de cómo apostar por la agricultura puede dar frutos, aunque a largo plazo: "El año pasado saqué 18.000 euros, son unos 3.500 o 4.000 por hectárea, yo estoy contento", declara. Esta rentabilidad, no obstante, es el resultado de más de una década de trabajo y una cuidada planificación. El pistacho no es un cultivo sencillo ni apto para cualquier lugar. Romualdo insiste en que necesita un clima semidesértico con horas de frío por debajo de 7 °C, algo que encuentra en el altiplano granadino. "Mucha gente se ha lanzado al cultivo del pistacho por la moda", advierte, señalando errores comunes como plantarlo en zonas de umbría o escoger la variedad incorrecta, lo que puede llevar al fracaso de la plantación. La poda es totalmente diferente a la de un olivo o un almendro, ya que es crucial distinguir las yemas de flor de las de madera para no comprometer la producción. "Si cortas mal, esa rama al año siguiente se seca", recalca. Además, la planificación es clave desde el inicio, estudiando la dirección del viento para colocar estratégicamente los árboles macho que polinizarán a las hembras y eligiendo un portainjerto o patrón adecuado, como la resistente Cornicabra, que se adapta a terrenos pobres y secos. A pesar de las dificultades, la demanda de este fruto seco no para de crecer. "Falta pistacho, la demanda es tan grande que falta", afirma González. España aún no produce lo suficiente para cubrir su consumo interno, lo que augura un futuro prometedor para los agricultores. Aunque Estados Unidos es el principal competidor, el pistacho español goza de mayor prestigio por su calidad, en un mercado global donde Irán es el principal productor pero enfrenta restricciones. La rentabilidad es el gran atractivo. Romualdo explica que, aunque los árboles tardan en dar una cosecha plena, la espera merece la pena. De su última cosecha obtuvo 18.000 euros brutos, lo que se traduce en un beneficio de "unos 3.500 o 4.000 euros por hectárea". Este buen resultado se dio en un "año on", un ciclo de alta producción que se alterna con un "año off" de menor cosecha, un fenómeno natural del árbol conocido como vecería. Se trata de un proceso costoso pero con una inversión para toda la vida, ya que hay pistacheros datados con más de 500 años. Más allá del campo, Romualdo ha emprendido con su marca Terruza Pistacho, un homenaje a su abuelo, y ha cofundado una Sociedad Agraria de Transformación (SAT) junto a otros diez agricultores para procesar la cosecha. El proceso es crítico: "hay que hacerlo antes de las 24 horas de la recolección para evitar la aparición de aflatoxinas", explica. La inversión en maquinaria como peladoras y secadoras es alta, y la burocracia, un obstáculo constante. Todo este recorrido y su labor de divulgación, que se puede seguir en el vídeo original de la entrevista, le han valido una nominación a los premios Greenfluencers. Romualdo González sigue mirando al futuro, con la idea de ampliar su plantación y consolidar el pistacho como el "oro verde" del altiplano granadino, demostrando que con conocimiento, paciencia y esfuerzo, el campo español tiene mucho que ofrecer.
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