Diario de Noticias
Existe una jugosa tradición no escrita en las democracias occidentales: si ocupas el despacho oval o el número 10 de Downing Street, más te vale tener mascota. Humaniza, enternece, aviva las encuestas... El perro presidencial es el equivalente contemporáneo al heredero bien peinado: una garantía de cercanía. Hasta que muerde, eso sí, la lujosa alfombra persa.
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