Ultima Hora Mallorca
No se ha inventado la máquina de viajar en el tiempo y, sin embargo, existe. Está al alcance de la mano, en un gesto sencillo: dejar caer la aguja sobre un viejo disco microsurco. Basta con que suenen los primeros compases de una canción para que todo regrese. No solo la música, sino el aire de una época. Las habitaciones en penumbra, el rumor de la calle, la luz de una tarde que parecía no terminar nunca. Y nosotros, los de entonces, inclinados sobre el tocadiscos, repitiendo una y otra vez las mismas canciones. Ahí están las voces de Joan Baez o Bob Dylan, con su mezcla de ternura y desgarro. Canciones que eran una manera de mirar el mundo, de interrogarlo, de resistirlo. No sabíamos qué era un pájaro pinto, no teníamos aún un viejo amor ni distinguíamos los ritmos de un bolero, sabíamos que la española cuando besaba se lo tenía muy pensado, más cuando rogaba bésame mucho, cambiábamos las palabras de noches de blanco satén por «de blanco sostén», guardábamos un mechón de cabello como lo guardaba Adamo, no habíamos visto el mundo como Jimmy Fontana, los sábados por la noche bajábamos a una downtown muy humilde, muy de pueblo, el amor era algo maravilloso, escuchábamos a Sara Montiel cantando «Volver» y no sabíamos que era de Gardel, y por supuesto Elvis Presley, los Beatles, los Rolling… Escucharlas hoy es volver a ser quienes fuimos. Porque las canciones no envejecen como envejecemos nosotros. En esas músicas están los viejos pensamientos, los viejos sufrimientos, las viejas alegrías, los amores y desamores. Recordamos cómo éramos entonces —The Way We Were, cantó Barbra Streisand—, el mundo que nos rodeaba, nuestros padres, con sus generosidades y sus límites, las normas inamovibles, los pecados, lo que no comprendíamos, lo que nos moldeaba. En esas canciones tenemos la prueba de que hemos vivido, de que hemos amado, de que hemos sido otros, porque como puso Mercè Rodoreda al frente de su plaça del Diamant «These things are life», estas cosas son la vida. Basta escuchar una melodía, apenas unos compases, cerrar los ojos y de repente la máquina del tiempo existe.
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