Faro de Vigo
El Celta sigue en Friburgo. Allí se quedó el jueves haciéndose preguntas y persiguiendo camisetas rojas que nunca se estaban quietas. Su triste espectro se paseó ayer por Balaídos donde el Oviedo, colista de la categoría y con un pie en Segunda División, le pegó un terrible revolcón para castigar su desconexión y el desorden generado por una alineación que Claudio hizo con la idea de preservar a buena parte de los jugadores que deben ser importantes en el intento de remontada de esta semana. En el día que el Celta había previsto poner al fuego la olla en la que quiere cocer a los alemanes dentro de cuatro días llegó el Oviedo y arrojó un cazo de agua fría sobre ella. Y aún por encima lo hizo cuando los vigueses podían cerrar el domingo en la quinta plaza (sinónimo de Liga de Campeones en estos momentos). Pero pesó demasiado el lastre que para el Celta supone en estos momentos su propio área, terreno favorable para cualquier delantero con un mínimo de intención y donde los centrales parecen haberse volatilizado. Desde que Starfelt se echó mano al lumbago en Suecia, muchos de los planes del Celta saltaron por los aires. La firmeza defensiva que lució en otros momentos de la temporada se ha difuminado por completo y la portería se ha agrandado para los rivales. Al Oviedo le bastó para hacer sangre con poner cuatro balones en una zona delicada y dedicarse luego a defender con un mínimo de orden a un equipo bloqueado, irreconocible y con buena parte de los jugadores atrapados en su peor versión.
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