Cope Zaragoza
La doctora Cristina Méndez es cirujana general y del aparato digestivo en el Hospital Universitario de Valme y su especialidad, como ella misma define con humor, es la de ser "cirujano de blandito". Su trabajo abarca desde el tubo digestivo hasta el sistema endocrino o la pared abdominal, una labor que le imprime una "intimidad que va más allá" en la relación médico-paciente por la responsabilidad de "meter la mano en el cuerpo de una persona". Enfrentarse por primera vez a una operación es un momento que impone. Méndez confirma que los mareos en el quirófano son reales: "Sí, sí, claro que es verdad". Es una reacción vagal del cuerpo, explica, causada por el calor, la tensión y la ropa estéril. Aunque a ella no le ha sucedido, asegura que es algo esperable y que lo importante es "detectarlo y avisarlo, y no pasa nada". La cirujana subraya que en su profesión lo que se necesita son horas de vuelo, de quirófano, de ver a otros profesionales y de conocer el material. Ese aprendizaje progresivo es el que da confianza, aunque todo el mundo recuerda "su primer paciente, su primer paciente complicado, ese primer sufrimiento", un momento que marca un antes y un después en la carrera. El desgaste emocional es una constante. Tratar con pacientes añosos, con múltiples enfermedades o en situaciones muy graves hace que las complicaciones estén siempre presentes. Con algunos "empatizas especialmente", reconoce la doctora. Esta carga se intensifica por la naturaleza de su trabajo. "Si una sutura intestinal se va, es una que has cosido tú, y si una herida se infecta, es una herida que has abierto y has cerrado tú", afirma Méndez. Este hecho imprime "un plus de responsabilidad con la que tenemos que convivir", una mochila que, en mayor o menor medida, llevan todos los médicos. Cristina Méndez es también madre de dos hijos, y compaginarlo con los horarios de quirófano y las guardias es una batalla diaria. La conciliación, asegura, "es una entelequia y en mi profesión mucho más". Relata años de trabajar a 80 kilómetros de casa, de dejar a sus niños por la noche y no volver a verlos hasta el día siguiente, una situación que vive "con resignación, con un poquito de pena y con mucha culpa". Sin un contexto familiar de apoyo cercano, la ayuda externa ha sido fundamental para ella. "Son mis pies y mis manos", admite. Pero la clave para sobrevivir en el día a día es el compañerismo con el resto del equipo. Si pides un favor, siempre alguna compañera te cubre, porque ella se verá en la misma situación en otra ocasión.
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