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Trump y el arte del anuncio sin consecuencias
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Trump y el arte del anuncio sin consecuencias

Desde la llegada de Donald Trump al poder, España ha acumulado una cadena de advertencias de la Casa Blanca. Aranceles del 100% al incluirla erróneamente entre los países del bloque BRICS, presiones ante la negativa de Madrid a elevar el gasto en defensa al 5% del PIB , insinuaciones de expulsión de la OTAN, declaraciones recurrentes a favor de castigos por mantenerse refractaria al dictado del presidente americano, amenazas de duplicar aranceles y ruptura total del comercio bilateral por la negativa española a ceder las bases de Rota y Morón para los ataques sobre Irán. Ninguna se tradujo en medida ejecutiva alguna. En cada ocasión, la prensa dio la voz de alarma. Comprender la dinámica no requiere esperar la próxima amenaza, sino dejar de aplicar el marco equivocado a todas las anteriores. Los periodistas occidentales tienden a analizar a líderes políticos bajo el prisma de la racionalidad, aplicando un arsenal interpretativo pensado para actores que aspiran a la coherencia. Un dirigente queda expuesto cuando lo prometido no se cumple , cuando contradice constantemente lo que ha dicho o cuando la brecha entre sus palabras y su gestión se torna indefendible. Este esquema solo opera con quien ha construido su autoridad sobre la verosimilitud. La guerra contra Irán aportó evidencia suficiente. Las justificaciones mutaron del cambio de régimen a la amenaza nuclear, de la estabilidad a la victoria en semanas, pero el régimen que iba a colapsar demostró capacidad de resiliencia. Sucesivos ultimátum, con promesas de desatar los infiernos y aniquilar una civilización, expiraron con fecha y hora. Los titulares aguardaron el derrumbe político de Trump. No llegó. En 1961, el historiador Daniel J. Boorstin describió en su ya clásico The Image el fenómeno del "pseudo-evento", como situación fabricada para ser cubierta por los medios de comunicación , pero no como expresión de la vívida realidad, sino como sustituto funcional. Su efecto se agota en el mismo instante de la declaración. En ese mismo trabajo, Boorstin definió la celebridad moderna como aquello que es conocido por tan solo ser conocido, al margen de cualquier acto verificable. Cuando Trump afirmó que había pacificado siete guerras, sin evidencia alguna que lo respaldase, ejecutó un pseudo-evento de manual que generó cobertura, instaló un relato y cumplió su cometido antes de que ninguna verificación seria llegara a producirse. Las advertencias a España obedecen a la misma lógica. La ejecución de las intimidaciones nunca ha sido el propósito. El crítico cultural Neal Gabler demostró en Life: The Movie que el entretenimiento no se limitó a colonizar la cultura, sino que conquistó el conjunto de la vida pública americana . El fenómeno era de fondo. La intensidad había desplazado al rigor como valor dominante de la comunicación política. Trump representa la culminación de ese proceso. Sus declaraciones no existen como compromisos medibles, sino como sensaciones provocadas en el acto de pronunciarlas. Anunciar el infierno sobre Irán y no desatarlo no le cuesta credibilidad porque su autoridad nunca reposó sobre ella. "Vamos a cortar todo el comercio con España" no apunta primordialmente a La Moncloa. Es una señal simultánea para la base MAGA, los aliados europeos vacilantes y los adversarios geopolíticos que descifran el mismo mensaje con expectativas distintas. Señalar el patrón comunicativo estadounidense no equivale a desactivar el problema. No todas las consecuencias requieren una medida ejecutiva para producirse. La presión narrativa sostenida sobre el gasto en defensa logró que aliados europeos comprometieran inversiones militares inéditas en décadas sin que ningún movimiento real se tradujera en sanción o expulsión. La incertidumbre arancelaria generó volatilidad en sectores exportadores antes de que cualquier tarifa entrara en vigor. Lo que conviene distinguir es el ruido del impacto . Cuando la prensa trata cada pronunciamiento como preludio de una medida inminente, amplifica el espectáculo sin coste alguno para quien lo protagoniza. Washington obtiene el efecto político sin asumir la carga de materializarlo. La alarma se convierte en el instrumento de una coerción que no precisa concretarse para funcionar. El principal riesgo no reside en que Trump cumpla sus amenazas. Está en que la cobertura que aguarda la hecatombe definitiva que nunca llega acabe normalizando un sistema de presión sin rendición de cuentas. Cada ciclo de coacciones y bravatas que se cierra sin consecuencias refuerza al actor que lo protagoniza. Para España, la secuencia de advertencias en unos pocos meses no es un listado de reprimendas y humillaciones diplomáticas. Es toda una guía de uso del método de comunicación ultra. Ninguna fue concebida para cumplirse, pero todas produjeron efecto. Comprender a Trump exige asumir que sus palabras no describen necesariamente lo que hará, sino que actúan en el momento mismo en que se emiten. Los medios que sigan tratándolas como compromisos pendientes de ejecución serán, sin quererlo, una pieza del engranaje. _______________ David Alvarado es doctor en Ciencia Política, profesor universitario, periodista y consultor.

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