ABC
Incluso en la radio hay margen para el silencio, recurso narrativo que Jesús Quintero convirtió en llamada muda de atención y punto y aparte para un oyente previamente vacunado contra la prisa y atento a un pulso detenido de forma premeditada por quien fue prescriptor y administrador casi único del reposo. Se pone uno a pensar en Quintero, por sobreactuado, como era él para todo, y también en aquellos otros profesionales de la locución que incluso se permitían el lujo de respirar, más o menos hondo, mientras soporta con una dosis moderada y automedicada de naproxeno el 'horror vacui' sonoro que define a unos informativos –pongamos que los de Antena 3, pongamos que a la hora de comer, pongamos que entre semana– que no dan tregua, y no ya al oído, sino a los mismos sesos de un espectador aturdido. La técnica del 'collage', del recortable de cinta magnética, ahora simplificado a través del montaje de archivos de audio, toca techo en unas piezas que representan un monumento al atropello vocal y la yuxtaposición de pistas sonoras, un puzle de mensajes cuyo tono chirriante –elevar el tono resulta esencial– incrementa el trastorno de quien lo escucha. Quienes hayan consumido, solos o en compañía de otros, la música que sonaba en las salas de la ruta del bakalao y similares pueden hacerse una idea aproximada de lo que, sin drogas sintéticas que amortigüen y hagan llevadero su impacto, provoca un 'crescendo' que roza el umbral makinero. No vamos a descubrir a estas alturas a qué estrategia comercial o a la búsqueda de qué público responde el abuso de estas narrativas febriles y atropelladas. Salta a la vista cuando llenan la pantalla con esos rótulos tremebundos, o cuando suena de fondo –también en la apertura de los mismos informativos, despendolados cuando llega el fin de semana– una música de biblioteca compuesta para estremecer. Ráfagas. Acelerones. Subidón. Bakalao. No hace falta localizar a estas alturas la tecla, de sobra conocida, que activa y explica una forma de comunicar que es pura incomunicación, al menos en su sentido más clásico. Desde la irrupción del 'hip-hop' , hace ya casi medio siglo, estamos habituados al 'scratch', el 'backspin', el 'beat juggling' y cosas peores. A mano, todo analógico. Aquello era para entretenerse e ir de fiesta. Esto de ahora, en cambio, es para enterarse medianamente de algo, dicen mientras bailamos la música del telediario, incluso 'a capella'.
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