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Nuestro presidente europeo
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Nuestro presidente europeo

Nadie llegó en un momento más difícil. Y nadie puso en marcha, en tan poco tiempo, tan profundas reformas estructurales para acelerar la transformación democrática de España. Este martes se cumplen cien años de su nacimiento, y me gustaría invitar al lector a rendir homenaje al presidente Leopoldo Calvo-Sotelo , segundo jefe del Gobierno de la democracia y gran olvidado para jóvenes (y no tan jóvenes) españoles. El 23 de febrero de 1981 se votaba su investidura tras la dimisión de Suárez. Nadie tuvo un inicio más difícil porque esa tarde toda España vio cómo aquel intento fallido de golpe de Estado pudo tirar por la borda el esfuerzo democratizador que los españoles demandaban. Tres días después y fracasado el golpe, quedó investido como presidente del Gobierno y, en el escaso año y medio que duró su mandato, impulsó la democratización del Ejército, envió a juicio a los protagonistas de la asonada y logró frenar algún otro intento golpista. Sólo por imponer el orden democrático en el Ejército, Calvo-Sotelo merece un reconocimiento. Pero aquello sólo fue una tarea inesperada dentro de una trayectoria política para conseguir que España fuera una democracia tan sólida como la mejor. Si como ingeniero de Caminos Suárez le nombró ministro de Obras Públicas de su primer Gobierno, con la Constitución ya aprobada desplegó su vocación europeísta como ministro de Relaciones con las Comunidades Europeas. Completó esa vocación ya como jefe del Gobierno. Porque Leopoldo ha sido, más que ningún otro, el presidente del Gobierno más europeísta –y más europeo– de nuestra democracia. Bien sabe el presidente González que la firma, en 1986, del ingreso de España en las Comunidades Europeas debe mucho al eficaz trabajo de su discreto predecesor. En mayo de 1982, con Calvo-Sotelo como presidente, España ingresó en la OTAN y abrió la puerta a su incorporación a las Comunidades Europeas. Un año antes, en 1981, también con el impulso de Leopoldo, nuestro país presentó su candidatura a los Juegos Olímpicos y a la Exposición Universal de 1992. Y en junio de ese mismo 1981, las Cortes aprobaron la ley del divorcio. Son cinco hitos que nuestra frágil memoria colectiva atribuye al Gobierno de González . En tres casos (Expo, Olimpiadas e incorporación europea) porque culminaron bajo mandato socialista; en uno, la OTAN, por el impacto del recuerdo del referéndum, y con el divorcio porque, directamente, muchos socialistas han intentado apropiárselo. Tampoco recordamos el fuerte impulso al Estado autonómico que marcó su año y medio de Gobierno. Nada menos que diez estatutos de autonomía se aprobaron durante su mandato, además de la reordenación del Estado autonómico logrado con la Loapa, que la UCD pactó con el PSOE. En 1981 yo sólo era un joven entusiasta de la política que veía a mi presidente Calvo-Sotelo como a un gigante. Lo era. Hombre culto, formado, patriota y capaz. Ahí quedan su impresionante ejecutoria como presidente del Gobierno en un tiempo récord, sus excepcionales intervenciones parlamentarias, y sus inteligentes y divertidos libros. Hay una anécdota, que voy a tomar prestada a mi buen amigo Eugenio Galdón, que fue su jefe de Gabinete en La Moncloa, que retrata a la perfección a Leopoldo y al presidente Calvo-Sotelo. Cuenta Galdón que en marzo de 1981 Calvo-Sotelo citó a la cúpula militar en Moncloa. Quería analizar la fallida asonada y su determinación para llevar a juicio a los culpables. En aras de la transparencia, el presidente citó a los medios. Y un militar de alto rango se atrevió a decirle: «Sonríe, Leopoldo, que viene la tele». «General, que yo sonría, como que usted sepa comportarse, son ambos imposibles metafísicos», le respondió. Hoy sigo viendo al presidente Calvo-Sotelo como al gigante de la política que fue, teniéndolo todo en contra. Nuestra UCD ya estaba en grave crisis cuando Leopoldo tomó las riendas de La Moncloa. Era evidente que el suyo iba a ser un Gobierno breve y de fin de ciclo. Pero nadie puede presentar una hoja de servicios tan imponente en sólo año y medio de mandato. Por esos 18 meses de inmejorable trabajo por España quiero pedirte, querido lector, que te unas a este humilde homenaje. Gracias, Leopoldo. Gracias, Presidente.

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