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Durante años el auge del nacionalismo autoritario era una marea imparable. Europa se resignaba a convivir con líderes ultras que erosionaban las instituciones, tensaban la convivencia y encontraban respaldo en alianzas internacionales inquietantes. Lo ocurrido en Hungría este 12 de abril es una alternancia política y punto de inflexión. La derrota de Orbán no afecta solo a su país, es un golpe serio ante Washington y Moscú, quienes articulan una visión del mundo basada en el repliegue, la confrontación y el debilitamiento de los consensos democráticos.
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