COPE
Son 100 los años que hace que se fundó esta singular asociación femenina, utilizada por algunos desde el ateísmo para blanquear el pasado de las ideologías que terminaron confluyendo en el Frente Popular, verdadero verdugo de la Edad de Plata. Después de hablar de su directora fundadora, María de Maeztu, y de la gran filóloga María Goyri aquí en COPE, toca ahora el turno a dos insignes literatas que al igual que aquellas se vieron obligadas a desarrollar su actividad profesional desde un exilio interior y viviendo un criptocatolicismo del que de algún modo este artículo les rescata. Ernestina de Champourcín (1905-1999) fue una poetisa de la Generación del 27. Nació en el seno de una familia católica que le transmitió la fe, además de darle una exquisita educación con institutrices francesas e inglesas, por lo que desde niña hablaba y escribía con suma perfección el francés, el inglés y el español. Su familia se trasladó cuando ella era muy joven a Madrid, en cuyo Colegio del Sagrado Corazón estudió desde los diez años –religión en la escuela- examinándose como alumna libre en el Instituto Cardenal Cisneros por haber sido preparada por profesores particulares de bachillerato. Dedicó su vida a la poesía. Ya en 1926 publicó “En silencio” y posteriormente “Ahora”, “La voz en el viento” y “Cántico inútil” (1936). Gerardo Diego, poeta católico del que hablé aquí en COPE, seleccionó para su Antología de 1934 los poemas de Ernestina Champourcin, en un gesto insólito para la época y para algunos miembros varones de la Generación del 27 que serían tenidos hoy por progresistas, y que probablemente de haber ellos escrito la antología nunca la hubieran incluido por mujer. Ernestina de Champourcin, una de las cimas poéticas de la denominada poesía pura, siendo secretaria del Lyceum Club conoció en 1930 a Juan José Domenchina, secretario personal de Manuel Azaña, con el que se casó en 1936. Durante la Guerra Civil participó de una obra social fundada por Juan Ramón Jiménez y Zenobia dedicada a los niños huérfanos o abandonados denominada «Protección de Menores». Se fue al exilio acompañando a su marido a Toulouse, París y México, donde sobrevivió trabajando junto a él como traductores del Fondo de Cultura Económica. México fue una de sus etapas más fecundas y felices, allí colaboró en la revista Rueca y publicó “Presencia a oscuras” (1952), un Vía Crucis comentado por ella, “Cárcel de los sentidos” (1960) y “El nombre que me diste” (1960). En México un sacerdote del Opus Dei, párroco de la iglesia de la Santa Veracruz, le preguntó si podía colaborar dando clases a un grupo de mujeres del barrio. Ernestina aceptó explicando además catecismo. Allí entre la pobreza y la miseria comprendió que Dios la llamaba a la santidad; a esforzarse por vivir intensamente el cristianismo según el espíritu del Opus Dei al cual se incorporó. También Juan José, que murió en 1959, encontró apoyo espiritual, antes de morir, en un sacerdote del Opus Dei. Ernestina contestaba así en una entrevista sobre su presunto feminismo al uso ateo o de género: —Doña Ernestina, le digo, usted era feminista, estaba siempre defendiendo los derechos de las mujeres, es verdad? —No, es una mentira como una casa. Yo feminista en el sentido de que creo que la mujer tiene sus derechos y hay que respetarlos. Pero no he escrito nada feminista, nunca. Yo me he dedicado a la poesía nada más. María de la Concepción Jesusa Basilisa Rodríguez-Espina y García-Tagle, más conocida como Concha Espina (1869 -1955), fue una escritora española finalista al Nobel de Literatura, vinculada también al Lyceum Club. Fue miembro de la Academia de Artes y Letras de Nueva York y de la Hispanic Society, y recibió el Premio Nacional de Literatura (1927), el Premio Cervantes de Novela (1949), la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo y la Banda de Alfonso X El Sabio entre otros. Declaró en vida: “Soy católica, y a mi juicio, la Iglesia gana separándose del estado”. Sus últimas palabras, recogidas en el recordatorio de su fallecimiento, en el que se señala que murió tras recibir los santos sacramentos y la bendición papal, fueron “Ahora sí que voy a ver, para no cegar más”. La Edad de Plata se desarrolló en su mayor parte bajo la monarquía parlamentaria confesional católica de Alfonso XIII, llevando adelante los postulados del Regeneracionismo, de raigambre profundamente católica, y es vez tras vez utilizada como instrumento blanqueador de las atrocidades cometidas por las ideologías ateas que terminaron confluyendo en el Frente Popular de triste memoria.
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