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La Adela de José Luis López Vázquez se creía un monstruo porque le empezaba a crecer la barba. Iba al médico y le pedía al doctor que le dijera la verdad. Este, con su diagnóstico, le restaba importancia: «Usted no es una mujer… usted es un hombre. Un hombre perfectamente normal». López Vázquez se vestía de mujer, sabía bordar, tocar el piano o llevar una casa, pero no sabía qué hacer con sus manos «en ese mundo». También se enamoraba, como mujer y como hombre, con total naturalidad de Isabelita, y ella le correspondía con la misma llaneza de los sentimientos cuando no se les reviste de disfraces. Muchas cosas de 'Mi querida señorita' suenan a 2026, pero se estrenó en 1972, con el franquismo sobrevolando. Jaime de Armiñán y José Luis Borau escribieron un guión vanguardista que fue una bofetada a la censura tan sutil que parece propia del mismísimo Billy Wilder. Un clásico moderno que atisbaba la complejidad de la sexualidad, que siempre había existido pero nunca se le había puesto nombre. Lo tenían difícil Fernando González Molina y Alana S. Portero para actualizar este viaje de identidad adelantado, que tocaba, sin mencionar, el amplísimo lenguaje de los tiempos actuales y su sensible sensibilidad y sobre todo ya metía el dedo en la llaga en temas como la intersexualidad, a la que ahora la película, que se estrena este viernes en cines, pone por fin nombre. «Siendo increíblemente rompedora para la época, la realidad intersexual de la protagonista y su problemática respecto a ello, era algo que no quedaba en absoluto claro y que necesitaba una reinvención fundamental que le diera sentido al proyecto», explica el director. A partir de esa historia, de esa base, de ese entramado que terminaba con final feliz y una historia de amor, reescribir un comienzo, empezar algo nuevo, que es más una historia de amor propio. « La película se llama 'Mi querida señorita' y se tiene que ver por qué», cuenta Portero, que debuta como guionista en esta cinta. «Hay algo de nostalgia con la película original, en su justa medida, pero sobre todo hay mucha nostalgia nuestra. Mucha nostalgia de nuestra propia vida, que es lo que ha rellenado ese armazón perfecto», asegura. La nueva 'Mi querida señorita' es como un imán, por un lado se pega a la original de forma inevitable pero por otro se aparta. Reconocen el director y la guionista que la de Jaime de Armiñán es una película construida sobre una sutileza necesaria por los tiempos que le tocó vivir y hace de todo eso su principal virtud, pero «deja muchos claroscuros, mucho gris, que narrativamente antes funcionaban muy bien pero ahora no funcionarían, sobre todo porque tienes que hablar de qué es lo que le sucede a ese personaje, le tienes que poner nombre. Casi no sería ni ético ni tendría sentido volverlo a hacer, porque ya está perfectamente hecho en el lenguaje que le correspondía». El reto era llenar los silencios de la original y colorear su básica paleta con otros tonos mucho más oportunos ahora, de ahí que decidieran volver sobre el clásico repitiendo hasta el título pero cambiando teclas para que el camino de Adela, por ejemplo, no fuera uno de soledad como en la original. En ese sentido, el desafío que le propusieron Javier Ambrossi y Javier Calvo , productores de esta nueva 'Mi querida señorita' y muy presentes en todo el proceso de 'renovación' del filme de Jaime de Armiñán, pasaba por rellenar las grietas, poner luz sobre las sombras, construir, expandir ese universo y «de alguna manera vengar al personaje y darle el entorno de aliados y de familia elegida que el original no tenía», estableciendo así un diálogo entre ambas películas. Ahí entra el reparto, con nombres como Anna Castillo, Paco León, Nagore Aranburu, Manu Ríos, Eneko Sagardoy, Lola Rodríguez, María Galiana y Delphina Bianco. También contar con una actriz intersexual, «que no abundan» (la debutante Elisabeth Martínez), que supliera las carencias narrativas del personaje de López Vázquez, que ofrece una interpretación icónica e irrepetible pero que resuelve su «problemática» poniéndose o quitándose la peluca, algo en lo que «no se reconocería ninguna persona intersex ahora». «El proceso con Elisabeth ha sido complejo y duro, porque nunca había actuado, y encima está interpretando a un personaje que tiene links emocionales y conflicto con ella misma, empezando por la relación con su cuerpo cuando ella misma tiene una relación complicada con el espejo. Esto convertía el viaje en un auténtico desafío, pero creo que también retrataba muy bien el conflicto del personaje y le daba verdad a la película», explica González Molina. Coincide la guionista: «Te da todos los elementos para que recorras una vida desde un principio hasta una especie de final. Nosotros lo que pensamos es desde un principio hasta otro principio, abrir las posibilidades. ¿Cómo es esta vida después de todo lo pasado? Esa vida empieza ahora. El viaje que hace desde la ciudad pequeña a la ciudad grande, la exploración de género que hace, intentar quedarnos con eso, pero expandirlo a que no sea algo binario, porque igual lo binario es hijo de su tiempo». Volver a 1972 para traer 'Mi querida señorita' es un proceso no exento de nostalgia, pero también un recordatorio oportuno de que nunca es tarde para seguir contando y ampliando las historias. «Hay un aire de retroceso que conviene combatir desde el trabajo que hacemos, confrontar y decir, bueno, no nos volvamos a los laureles y no nos creamos esta cosa como lo woke que domina la narrativa, porque no es verdad, esto no es cierto y porque nuestros derechos han costado mucho conseguirlos pero son frágiles».
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