ABC
Suele decirse que «quien tiene un amigo tiene un tesoro» o que «los amigos son la familia que se elige». Y lo cierto es que cuando estas personas llegan a nuestras vidas se convierten en auténticos pilares emocionales. Incluso les llegamos a confiar más secretos sobre determinadas cuestiones. Sin embargo, como ocurre con otro tipo de relaciones, la amistad también puede resquebrajarse si no se cuida. La globalización ha la convertido en una relación cada vez más difícil de mantener, pues los amigos de toda la vida o de la universidad se ven en la adultez separados por cientos o miles de kilómetros. Aquí las redes sociales juegan un papel determinante para ayudar a mantener el contacto con ellos. El problema es que también pueden contribuir a construir relaciones más frías y superficiales, limitadas muchas veces a las pantallas. Por su parte, están las amistades basadas en conflictos de intereses, esas que solo duran mientras las partes, al menos una de ellas, obtengan algún tipo de beneficio. Esta realidad evoca irremediablemente una cita atribuida a Sócrates, filósofo clave del pensamiento occidental: «El amigo debe ser como el dinero. Antes de necesitarlo, es necesario saber su valor». Con esta premisa, el pensador ateniense del siglo V a.C. nos invita a una doble lectura de nuestras amistades: una preventiva y otra de calidad. La dimensión preventiva nos recuerda que el valor de un amigo debe reconocerse antes de que la vida nos obligue a ponerlo a prueba. La dimensión cualitativa, en cambio, nos invita a distinguir entre amistades profundas y relaciones que solo funcionan mientras resultan útiles. Igual que ahorramos porque sabemos que la eficacia del dinero depende de cómo lo hayamos administrado previamente, la amistad exige un cuidado similar. Un amigo no se improvisa cuando llegan los problemas, del mismo modo que un fondo de inversión no aparece por arte de magia ante un imprevisto. La confianza, como el ahorro se construye con tiempo, constancia y atención.
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