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La derecha española se queda sola en su fanatismo con Israel y su sumisión a Trump | Collector
La derecha española se queda sola en su fanatismo con Israel y su sumisión a Trump
El Plural

La derecha española se queda sola en su fanatismo con Israel y su sumisión a Trump

La derecha española sigue hablando de Israel y de Estados Unidos como si Europa no hubiera cambiado de pantalla. Pero ha cambiado. Lo han hecho gobiernos conservadores, ejecutivos liberales, incluso dirigentes que hace nada presumían de cercanía ideológica con Trump o de sintonía total con Netanyahu. No por convicción moral repentina. Por necesidad política. Porque el coste de seguir obedeciendo ya no es abstracto. Se mide en desgaste interno, en presión social, en pérdida de margen y en una evidencia cada vez más difícil de tapar: el viejo alineamiento ya no encaja con la realidad. En España, sin embargo, hay un filtro que lo deforma todo. Para la derecha y la extrema derecha parece que el único mal que existe se llama Pedro Sánchez. Da igual lo que pase fuera. Da igual que Trump castigue a Europa con su lógica de fuerza, da igual que Netanyahu haya llevado a Israel a un choque cada vez más evidente con parte de sus propios aliados, da igual que en varias capitales europeas se hayan empezado a revisar posiciones que hace un año parecían intocables. Al final, PP y Vox lo reducen todo al mismo marco doméstico: si Sánchez dice algo, ellos dicen lo contrario; si Sánchez toma una posición, ellos la convierten en sospechosa por el mero hecho de venir de él. Ese reflejo les impide leer el momento. También les impide admitir una evidencia incómoda: la figura de Sánchez no ha hecho más que agrandarse en el terreno internacional precisamente por sus posiciones. No porque exista una adhesión unánime a su política exterior, ni porque España marque por sí sola el paso de Europa, sino porque varias de las tesis que defendió antes o con más claridad que otros —el reconocimiento de Palestina, la crítica a la impunidad israelí, la necesidad de autonomía europea frente a los impulsos de Washington— han dejado de sonar excéntricas para empezar a formar parte del nuevo lenguaje europeo. Lo que PP y Vox presentaban como extravagancia o propaganda se parece hoy bastante más a una anticipación política que a una anomalía. Eso es lo que la derecha española no quiere ver. O no puede. Mientras una parte de Europa empieza a corregir, aunque tarde y a trompicones, aquí se sigue instalado en una política exterior de reflejos automáticos. Israel sigue siendo intocable. Trump, una referencia incómoda pero útil. El esquema es viejo, pero lo mantienen como si no hubiera pasado nada en Gaza, como si el trumpismo no hubiera dejado de ser sólo una extravagancia americana para convertirse también en un problema europeo. No se trata de exagerar el giro continental. Europa no ha roto de forma limpia con Israel ni con Estados Unidos. Tampoco España. No hay épica ahí. Hay cálculo, presión y miedo al coste. Pero precisamente por eso el cambio resulta más elocuente. Cuando hasta gobiernos que no querían moverse empiezan a hacerlo, conviene mirar. Meloni ha tomado distancia de Israel y ha marcado perfil propio ante Trump. Merz, en Alemania, ha...

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