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Ya se sabía que el turismo era un gran invento. Alicante, a diferencia de aquel pueblo de provincias de la película de Martínez Soria y López Vázquez, tenía aquella fórmula perfecta que se perseguía: una playa. Explotado aquel maná, los números cada vez eran más redondos, con más cifras y hasta más brillantes. Tal semana como ésta pero de 1976 llegaba la Semana Santa, un periodo vacacional que ya apenas tenía nada que envidiar al verano. En aquellos días Alicante multiplicaba su gente por las calles y las cifras oficiales no hacían más que corroborar que aquel pueblito de pescadores que un día fue era ahora una ciudad por la que muchos soñaban.
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