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Emergencias, así funciona sobre el terreno la red que salva vidas | Collector
Emergencias, así funciona sobre el terreno la red que salva vidas
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Emergencias, así funciona sobre el terreno la red que salva vidas

A las 6:36 de la mañana, cuando Barcelona todavía no ha amanecido del todo, entra un aviso: herido por arma blanca en el barrio del Raval. La ciudad está en esa franja incierta en la que aún pesa la noche y Toni Prieto se dirige hacia el lugar. Es médico asistencial del Sistema de Emergencias Médicas (SEM) en la unidad ECO, el Equipo de Coordinación Clínica y Operativa de Barcelona. Y lleva 32 años dedicando sus noches a salvar vidas. Ahora, la sirena de su ambulancia ilumina las calles. El doctor se va enfundando los guantes para saltar del vehículo en cuanto llegue mientras el técnico Daniel Vergara, compañero habitual de Prieto, conduce a toda prisa. El herido está de pie, consciente, habla, respira normal. Sangra, sí, pero no es el paciente crítico que la llamada podía hacer temer. «La primera impresión –explica luego Prieto– se construye en segundos». Se evalúa si está consciente, cómo respira, la perfusión... Aun así, el trabajo no consiste solo en mirar una herida. También hay que leer el entorno y a los posibles acompañantes: el amigo, el familiar, el testigo que pasaba por allí. Prieto lleva más de tres décadas en el SEM y resume esa parte del oficio en tres palabras: respeto, empatía y asertividad. Respeto con cualquiera, da igual el barrio. Empatía para entender qué le pasa al otro. Y asertividad para conseguir que se deje ayudar: «Hay que tener mucha mano izquierda. Hacer que haga lo que tú quieres mientras cree que hace lo que él quiere». En un escenario como el de una reyerta callejera, donde el paciente puede estar asustado o a la defensiva, lo importante es que te vea «como la ayuda que eres». Ese momento de calle es la parte visible de una maquinaria mucho más grande. Cuando alguien marca el 112 o el 061 por una urgencia sanitaria, no se activa solo una ambulancia: se pone en marcha una red de miles de profesionales que escucha, filtra, prioriza y decide. Según datos del Ministerio de Sanidad, en 2024 los servicios de urgencias y emergencias 112/061 atendieron en España 8.074.699 demandas asistenciales, unas 22.100 al día. Para responder a esa exigencia, el sistema contó con 27.551 profesionales. Detrás de cada aviso hay, por tanto, una arquitectura pública gigantesca y casi invisible: una cadena de coordinación que sostiene a diario la respuesta frente a accidentes, enfermedades súbitas, episodios de violencia o el colapso inesperado de una vida. En el SEM de Cataluña, esa cadena pasa por operadores, personal sanitario y gestores de recursos que filtran la demanda y deciden qué mandar, cuándo y dónde. Olga Villena, subjefe territorial del SEM en Barcelona, lo explica enseñando primero la recién inaugurada sede de L'Hospitalet y luego la sala de la propia Ciudad Condal. A la primera la llama «la Casa Grande», el cuartel general. Allí se decide buena parte de los movimientos de los equipos médicos en el mapa de toda Cataluña. Después está la sala de emergencias de la propia Barcelona, donde el SEM comparte espacio con Bomberos, Guardia Urbana y Mossos d'Esquadra. En esa sala se escucha, se anticipa, se manda la unidad más adecuada y, cuando hace falta, se activa el apoyo clínico y operativo. Olga habla con la autoridad tranquila de quien conoce ambos lados: el despacho y la calle. Por eso dice también que tomar decisiones desde dentro solo tiene sentido si recuerdas lo que de verdad necesita quien está fuera. Prieto trabaja en la unidad ECO. Su jornada empieza con el relevo en la base central de Gran Via, sigue con el parte de la noche en la central de Barcelona y, hacia las nueve, con una reunión con el resto de los cuerpos para revisar manifestaciones, eventos, tráfico o cualquier punto delicado del día. Después empieza otra forma del trabajo: la escucha. El pinganillo, la anticipación, la capacidad de detectar un servicio complejo antes incluso de que alguien pida ayuda. Hay días en que salen cuatro veces y otros en que salen quince. El segundo gran aviso del día es un accidente de moto. Un joven ha intentado adelantar por la derecha y se ha chocado contra un autobús. La Policía acabará retirando la moto destrozada y el chaval irá al hospital. Antes, Prieto se encarga de la exploración: está consciente, habla, respira normal. Mientras, el técnico Daniel Vergara explica su función: llegar a tiempo, sí, pero «de la manera más segura». No siempre más rápido es mejor. A veces el trabajo consiste en evitar la «visión en túnel» que la adrenalina impone y obligarse a mirar más allá de la herida inmediata. Los técnicos son una de esas piezas invisibles sin las que nada funciona. Daniel Megías, técnico también del SEM, lo cuenta así: «Estamos invisibilizados, pero estamos en todos los campos». De ellos dependen la seguridad del equipo, el material, la movilización del paciente, la logística, la conducción, el apoyo al médico y la enfermería. Pero también buscar rutas cuando una unidad no encuentra una dirección, resolver problemas logísticos, conseguir oxígeno, activar Policía o Bomberos, coordinar rescates, montar dispositivos. En la central, además, la coordinación con otros cuerpos está integrada en el propio trabajo. SEM, Bombers y Guardia Urbana usan una 'pasarela' interna: una herramienta rápida con la que se lanzan peticiones cruzadas y activan apoyos casi en tiempo real. Hay casos en los que hace falta cortar una calle, sacar a un paciente por la fachada o desplegar un dispositivo sobredimensionado. La conversación con Prieto se interrumpe más tarde cuando habla de los ictus del despertar, esos casos en que alguien se levanta por la mañana y descubre que el cuerpo ha cambiado durante la noche. Olga corta la charla: ha entrado otro aviso, una parada cardiaca en un piso. Van para allá. Mientras se desplazan, ella explica que en una prioridad cero –las que exigen el envío inmediato de una unidad medicalizada– la central sigue trabajando, aunque la ambulancia ya esté en marcha: desde telefonía intentan sacar más información, afinar el cuadro, orientar la respuesta. Al llegar, el supuesto paro resulta ser otra cosa: un caso neurológico gravísimo, probablemente un ictus hemorrágico. La mujer del paciente estaba sola, llamando a sus hijos sin que nadie contestara. En ese tipo de escenas, además de la medicina, está también la soledad. Mientras parte del equipo atiende al enfermo, otros cuidan a su mujer, tratan de calmarla. En emergencias, Prieto insiste mucho en el tiempo. En la parada cardiaca, cada minuto sin actuar reduce un 10 por ciento la probabilidad de supervivencia. Por eso repite que la población debería saber hacer una reanimación básica: puede cambiarlo todo. En el trauma, añade, los profesionales hablan de dos relojes: 'la hora de oro' y 'los diez minutos de platino'. En esos primeros diez minutos se hacen maniobras que pueden salvar una vida: abrir una vía aérea, contener una hemorragia, drenar un neumotórax. La hora siguiente sirve para ganar tiempo frente a lesiones que no matan al instante, pero sí pueden hacerlo poco después. Más tarde llega el aviso más duro del día. Un hombre de unos 70 años se ha precipitado desde un segundo piso. No se sabe con certeza si ha sido voluntario, aunque los testigos apuntan en esa dirección. Al llegar, hay un equipo intentando ya la reanimación. En los paros traumáticos el pronóstico es malísimo, pero mientras haya un margen se intenta. Prieto lo explica con la frialdad profesional que exigen estas escenas: descartar hemorragia, hipoxia, taponamiento, neumotórax; hacer lo que toca; comprobar si hay salida. No la hay. Se suspenden las maniobras. Es difícil afrontar la muerte de un paciente. Por eso es importante conocer bien los protocolos. Lo grave es perder el control del servicio. Un caso puede acabar mal y, aun así, estar bien llevado. Puede morir alguien y, sin embargo, el equipo haber hecho todo lo que debía. Después, cuando un servicio crítico termina, llega el debriefing : repasar qué ha pasado, detectar puntos de mejora. También existe lo contrario, una especie de descompresión informal que ellos llaman 'defusión': hablar de otra cosa, hacer bromas, incluso humor negro. Un mecanismo eficaz para seguir adelante cuando se convive con situaciones difíciles un día tras otro. Entre compañeros, dice Toni, se apoyan muchísimo. Y de esa rutina compartida nace una camaradería muy particular. ║ ║ ║ Toni Prieto es médico asistencial del Sistema de Emergencias Médicas en Barcelona. Trabaja de noche en el equipo que coordina clínica y operativamente las emergencias complejas de la Ciudad Condal. Lleva más de tres décadas haciéndolo. ▬▬▬▬▬ XLSemanal. ¿Qué pasa de noche? Toni Prieto. De todo. Hay gente que trabaja, otros que están solos, personas que duermen en la calle, delitos, accidentes, enfermedades que aparecen de golpe. La noche enseña una ciudad que muchos no ven. Lo exagera todo: la angustia, el frío, la soledad. XL. Usted lleva media vida trabajando de noche. ¿Qué encontró ahí para quedarse? T.P. Me gusta porque todo parece más lento, más callado. Y porque de noche notas mucho más esa parte del trabajo que tiene que ver con acompañar. Muchas veces no atendemos solo al paciente, también al entorno, a la familia, a la persona que está sola. De noche muchas veces la gente se siente desamparada, y eso cambia también la manera en que vive lo que le está pasando. XL. ¿Qué le gusta de atender emergencias? T.P. Sobre todo la variedad y el factor sorpresa. Nunca sé qué me voy a encontrar: un parto, un trauma grave, un paciente cardiaco o respiratorio, un niño, una embarazada, un anciano. Y me interesa mucho que aquí no es el paciente quien viene a ti: eres tú quien entra en su casa, en su calle, en su entorno, en su vida. XL. Ha llegado a decir que este trabajo tiene algo de adictivo. ¿Por qué? T.P. Por la adrenalina. Hay momentos en los que notas ese subidón y, si este trabajo te gusta, cada vez te gusta más. Es una mezcla de intensidad, responsabilidad y necesidad de estar a la altura. XL. ¿Qué debe tener un buen emergenciólogo? T.P. Lo primero es que le guste. Que le guste la medicina, formarse continuamente y practicar protocolos. Lo esencial es que te atraiga atender al paciente crítico en un medio no controlado. XL. ¿Y qué es lo más difícil de llevar? T.P. Lo peor no es la gravedad del caso. Lo peor es perder el control del servicio. Un caso puede acabar mal, pero si has hecho lo que tocaba y el servicio ha estado controlado, eso se puede llevar. Lo que cuesta de verdad es sentir que no has sabido manejar la situación. XL. En un oficio tan técnico, usted insiste mucho en el cuidado. ¿Por qué? T.P. Porque muchas emergencias no son solo clínicas. A veces llegas por palpitaciones, por dolor torácico, por sensación de ahogo, y descubres que esa persona está sola, muy sola. El apoyo emocional salva tanto como el clínico. XL. ¿Qué peaje personal ha pagado por vivir tantos años así? T.P. El insomnio. Muchos años de noches y de guardias largas dejan huella. Yo tengo un problema de sueño importante. XL. ¿Qué sigue faltando en la medicina de emergencias? T.P. Más formación. Y una muy concreta para toda la población: saber hacer una reanimación. Cada minuto cuenta, y que la gente sepa actuar antes de que lleguemos puede cambiarlo todo.

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