ABC
A raíz de la reciente información sobre el accidente de Adamuz, resulta desolador asistir a la estrategia de Adif para intentar restar importancia a un dato técnico que pudo evitar la muerte de 46 personas. Como profesional familiarizado con los sistemas de control, la lógica de los hechos es inapelable: un circuito de vía es, en esencia, un lazo de continuidad eléctrica. Cualquier caída de tensión sostenida en el tiempo –en este caso de 0,5 voltios durante 22 horas– no es un 'ruido' estadístico, sino una alteración física de la impedancia del carril. En ingeniería de seguridad, toda discontinuidad eléctrica en la vía es síntoma de una discontinuidad material. Ignorar una anomalía persistente bajo el pretexto de que el sistema «no es fiable» para detectar fracturas es una contradicción inaceptable. Si la infraestructura avisó, aunque fuera con una señal débil, la prudencia y el respeto a la dignidad de los pasajeros obligaban a una inspección inmediata o, al menos, a una limitación precautoria de la velocidad. Los peritos de la Guardia Civil han interpretado correctamente la realidad física: hubo una advertencia previa que fue desatendida. En un Estado de derecho, la seguridad pública no puede quedar supeditada a criterios de fluidez operativa o comercial. Priorizar el paso de 19 trenes sobre una señal de alerta técnica no es una decisión compleja: es una negligencia que el sistema judicial debe calificar con rigor técnico y claridad moral. José Cárdenas Cadierno. Málaga Leo en ABC que el decreto de regularización de extranjeros se ha separado de varías observaciones esenciales del Consejo de Estado. En el decreto, publicado en el BOE, se emplea la fórmula «de acuerdo con el Consejo de Estado», cuando la ley establece que si el Gobierno se separa de observaciones esenciales deberá usar la fórmula «oído el Consejo de Estado» (artículo 2.2, párrafo tercero, de la Ley Orgánica del Consejo de Estado). Como anticipó y explicó ABC la semana pasada, la cuestión de las observaciones esenciales no es baladí, puesto que si solo han sido «oídas», afectarían a un posible recurso ante el Tribunal Supremo y a las medidas cautelares, si se pide suspender el decreto. José Luis Gardón. Madrid En Semana Santa tuve oportunidad de visitar Sicilia y el sur de Italia, territorios históricamente vinculados a la Corona de Aragón, y, aparte de disfrutar de bellos lugares y del contacto con sus gentes, he sido consciente del creciente vigor de la lengua española. Después de intentar chapurrear el italiano (cosa que la población local aprecia), en cuanto los italianos advertían que eras español, en muchos casos pasaban a expresarse en nuestra lengua. Una cosa que por una parte me llenaba de satisfacción, pero por otra parte de crispación, recordando la política de inmersión lingüística (léase persecución del español de la vida pública) practicada en las regiones bilingües, especialmente en Cataluña. Es una situación sin precedentes en el mundo, máxime cuando el español es la única lengua que puede llegar a inquietar al inglés. Por cierto, tuve que embarcar en el aeropuerto de Barcelona, y puedo dar fe de que en la zona de nadie que media entre el control de seguridad y la puerta de embarque no oí a nadie (dejando de lado los altavoces de información) ni una sola palabra en catalán. Que cada uno saque sus propias conclusiones. Yo ya he extraído las mías. Javier Motis. Zaragoza
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