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Sevilla es una ciudad donde el arte no se queda encerrado en los museos; camina por las calles. Pero, a veces, la devoción nos impide ver la precisión técnica que esconden algunas de nuestras imágenes. Ha tenido que ser un profesional de la salud, el fisioterapeuta Antonio Pérez, conocido en redes como @fisioteduca , quien ponga el foco sobre un aspecto fascinante del Cristo de la Expiración : su exactitud médica. Para Pérez, la talla de la Hermandad del Cachorro no es solo una obra cumbre del Barroco, sino «una clase de anatomía con historia» que describe con rigor clínico el final de la vida. Desde un punto de vista fisiológico, la muerte por crucifixión es un proceso de asfixia lenta y agónica. Ruiz Gijón , el imaginero que dio vida a esta talla en el siglo XVII, logró plasmar este proceso de una forma tan fiel que, siglos después, sigue fascinando a los expertos en medicina y fisioterapia. Cuando observamos el torso del Cachorro, no se ve simplemente una figura estética. Según explica Antonio Pérez en su análisis, lo que estamos presenciando es un cuerpo en estado de hipoxia , es decir, con una falta crítica de oxígeno. La delgadez del cuerpo, fruto de la desnutrición y el castigo físico, hace que cada detalle anatómico resalte de forma dramática. «Podemos observar perfectamente sus costillas y su cuerpo intentando expandir el tórax para coger aire», señala el fisioterapeuta. En la posición de la cruz, la mecánica respiratoria es totalmente ineficaz y el peso del cuerpo impide que los pulmones se llenen. Sin embargo, el Cristo del Cachorro sigue luchando . Pérez destaca cómo se aprecia la musculatura totalmente contraída, un reflejo de ese último esfuerzo instintivo por sobrevivir. Uno de los detalles más impactantes que menciona el experto es la tensión en el cuello . Los músculos esternocleidomastoideos aparecen fuertemente marcados y contraídos. Es el signo de alguien que está usando toda su musculatura para intentar inhalar un aliento que ya no llega. La boca abierta, la mirada perdida hacia el cielo y el tono pálido de la piel son, en palabras de Pérez, la representación exacta de un fallo multiorgánico inminente. La gran pregunta que surge al escuchar este análisis es cómo un artista del siglo XVII, sin acceso a los conocimientos médicos actuales, pudo esculpir una obra de tal precisión anatómica. Aquí es donde la historia se mezcla con la leyenda , esa que nos cuenta que Ruiz Gijón no necesitó libros de medicina, sino que fue testigo directo de la muerte. Cuenta la tradición que en el barrio de Triana vivía un gitano al que todos apodaban «el Cachorro» . Su comportamiento era extraño, ya que cada día cruzaba a Sevilla ocultándose, lo que despertó las sospechas de un vecino celoso. Este hombre, convencido de que el gitano visitaba a su mujer, decidió seguirlo un día hasta una venta. Allí, mientras el Cachorro sacaba agua de un pozo, le asestó siete puñaladas mortales. La leyenda dice que Francisco Antonio Ruiz Gijón pasaba por allí en ese preciso instante. El imaginero, impresionado por la escena, no se fijó en el crimen, sino en el rostro del Cachorro. Capturó en su mente —y en un boceto rápido, según dicen algunos— el gesto exacto del último aliento del gitano. Aquella expresión de dolor, fue la que terminó plasmada en uno de los cristos con mayor devoción de Sevilla. El análisis de @fisioteduca nos invita a mirar al Cachorro con otros ojos. Ya no es solo la fe la que conmueve, sino la capacidad del arte para capturar la fragilidad humana de una forma tan cruda. Ruiz Gijón logró que una imagen religiosa fuera, al mismo tiempo, un tratado de anatomía humana. Como bien concluye Antonio Pérez, «no le hizo falta ser médico para hacer de una imagen un retrato anatómico perfecto ».
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