ABC
Calmados ya los ánimos sobre las reacciones a las afirmaciones del Rey sobre la participación histórica de nuestro país en México, realizadas ante el embajador de dicho país en el Museo Arqueológico de Madrid , escribo estas líneas como continuación al artículo que publicó ABC el pasado 15 de noviembre. Por parte española, en esas reacciones hubo de todo, desde altisonantes salidas de tono, propias de un presunto orgullo patrio herido, hasta las más conciliadoras y apaciguadoras, como las de la presidenta de la asociación Unidos por la Historia. Y es que ese debe ser el objetivo: que la historia que compartimos nos una, no nos separe, a España con México. Con ánimo de superar la crisis provocada por la carta del expresidente López Obrador al Rey, invitándole a que se disculpara por las «atrocidades» cometidas por nuestro país al conquistar México, el Gobierno español ha estado explorando últimamente «la vía de la cultura» como herramienta de acercamiento entre nuestros dos países, acogiendo una importante exposición en Madrid sobre la mujer indígena mexicana y facilitando el protagonismo de México en Fitur (cuyo pabellón fue inaugurado con la presencia de Su Majestad), por citar los más importantes. Resultado de dicha estrategia: la presidenta de México, pese a reconocer esos «gestos de acercamiento», y pese a las palabras de nuestro monarca ante el embajador mexicano, sigue insistiendo en la obtención de tales disculpas como las había pedido su antecesor. ¿Pero qué dijo exactamente Felipe VI en presencia del embajador? Pues, resumidamente, que durante la conquista de dicho país (que aún no lo era) se cometieron «abusos», que sobresalen cuando se tienen en cuenta criterios morales contemporáneos para evaluar lo ocurrido hace 500 años. Es evidente que las declaraciones del Rey, sin ser inexactas, eran conciliadoras y tenían por objetivo facilitar el reencuentro entre nuestros dos países. No fueron disculpas propiamente dichas. En este asunto habría quizá también que preguntarse qué es imputable a la Corona en ese siglo XVI. Esos «abusos» fueron de particulares, los encomenderos españoles, que aprovechaban la distancia oceánica para incumplir con lo mandado por la Corona (como también lo subrayó Don Felipe), tanto en el testamento de Isabel la Católica como en las llamadas Leyes de Indias, actos públicos destinados ambos a la protección de los hoy llamados 'pueblos originarios', antes 'indios'. Y en esto la actuación de nuestra Corona sería más un motivo de agradecimiento que de reproche. Por todo ello me resulta casi una paradoja histórica que sea a la Corona a la que se le pida rendir cuentas de su pasado. «Lamentar las injusticias» cometidas por España, como ya lo hizo el ministro Albares , fue algo que en su momento fue acogido con bombo y platillo por la presidenta de México, y tuvo un efecto concreto: el Gobierno de México se hizo representar por el ministro de Economía en la inauguración de la Feria del Libro de Guadalajara, que tuvo a la ciudad de Barcelona como invitada de honor. El año inmediatamente anterior, es decir, en 2024, fue España misma el país invitado de honor (yo era entonces cónsul general en dicha ciudad), y ni la presidenta de México ni ningún representante de su Gobierno Federal se dignó en hacer acto de presencia y responder a la invitación que entonces se les cursó. En las disculpas pedidas a Felipe VI parece que López Obrador, antes, y Scheinbaum, ahora, olvidan que nuestro monarca, aunque a todos los españoles nos representa, no ostenta un cargo electivo, como el de la Presidencia de México, ni concentra los poderes constitucionales. Si López Obrador escribió «una carta privada», como arguyen las autoridades de México en su defensa del reproche sobre el silencio de España (que no fue tal), hay que recordar a dicho país que las misivas de nuestro Rey siempre son públicas, nunca privadas, y, sobre todo, hay que recordar que cualquier posicionamiento de Su Majestad en materia de política exterior debe ser en todo caso refrendado por nuestro Gobierno. Pero como recordaba en mi artículo de noviembre, esa «carta privada» (de más de tres páginas) de López Obrador sí obtuvo respuesta, y casi inmediata, de nuestra Oficina de Información Diplomática, lamentando que se estuviese mirando al pasado, en lugar de hacerlo al futuro, con ánimo de fraternidad y cooperación. En la respuesta oficial de España se mencionaba también el sinsentido de evaluar hechos ocurridos hace medio milenio con criterios morales contemporáneos. La no respuesta personal de nuestro Rey se llegó incluso a considerar por Sheinbaum como «una falta de respeto al pueblo mexicano». Semejante sinsentido provocó que me preguntase, en alto y en público, y con motivo de la Fiesta Nacional de España ese año, en qué cabeza cabía pensar que nuestro monarca estuviese faltando al respeto a un pueblo hermano. De hecho, previamente a ello, con motivo de la clausura de un congreso de historiadores de ambos lados del Atlántico, Don Felipe afirmó que se podía hablar de todo siempre que se hiciese «desde el respeto y la amistad». Un segundo reproche de México a España es el tema de la 'violencia' desplegada en la conquista. Imagine el lector que, de repente, la comunidad internacional descubre que una nación sacrifica a seres humanos como parte esencial de su cultura. ¿Cree el lector que dicha civilización renunciaría pacíficamente a ello sin oponer resistencia, y la violencia hubiese sido innecesaria? ¿No sería el Consejo de Seguridad de la ONU inmediatamente convocado para poner término a ello, en aplicación del derecho humanitario de emergencia, con ejercicio de la fuerza incluida si necesaria? En la disputa aún sin cerrar por las dichosas disculpas, todo parece indicar que México insiste en ello con criterios salidos del indigenismo populista y antiespañolista de López Obrador, que bebe en las fuentes de la Leyenda Negra, ideología sectaria destinada a mermar el prestigio de nuestro país en el mundo. Por todo ello, tal insistencia en pedir unas disculpas al más alto nivel, a pesar de nuestras buenas relaciones con dicho país, tiñe desgraciadamente el color de las mismas y parece salida de la obcecación, estando Scheinbaum 'atrapada' por la larga sombra que sobre ella proyecta su antecesor y padrino. Y es muy de lamentar que así sea, porque la participación de México al más alto nivel en la próxima Cumbre Iberoamericana, prevista en Madrid, interesa tanto al país anfitrión como al invitado, que tiene como vecino del norte a los EE.UU. de Trump, el errático. En buena lógica, y justa correspondencia en toda negociación, quedemos a la espera de los «gestos de acercamiento» por parte de nuestro lindo y querido México.
Go to News Site