Diario CÓRDOBA
De adolescentes solíamos deshojar la margarita para descubrir qué nos deparaba nuestro futuro amoroso y, con intrigante deseo, eliminábamos hoja por hoja repitiendo, casi religiosamente, te quiero mucho, remucho, poquito o nada, si el resultado no era de nuestro agrado volvíamos a la hazaña, abandonando la maltrecha flor reducida a un esquelético tallo, y cogíamos otra hasta conseguir la repuesta que regalaría nuestros oídos. Exigíamos que nuestro amor, en ese momento, fuera intensamente correspondido. Ahora, de mayores, no necesitamos deshojar la margarita quizá porque, a cierta edad y con el paso del tiempo, nuestros sentimientos se muestran más cautos y tranquilos ante la cantidad de amor que podamos recibir y la cuestión hormonal va, lógicamente, en declive perjudicando el ímpetu apasionado de nuestra pasada juventud. Preferimos dejar crecer libre la margarita, el curso y los vaivenes de la vida ya se encargarán de hacer caer sus lindas hojas con aparente sosiego y tranquilidad, y no tendrá que verse acosada por unas locuelas adolescentes en busca de un ansiado y correspondido amor.
Go to News Site