La Opinión de Murcia
Esopo nació esclavo. Era feo, horrible. Su cabeza parecía una gran monte calvario, deforme, sin pelo, poblada de bultos y llagas. Mudo de nacimiento, nunca se comunicó más allá de gestos y señales. Inútil para los trabajos propios de una ciudad, fue transferido al campo, para cuyas labores era sólo un poco más apto. Su gran inteligencia y su bondad pasaban desapercibidas. Los demás esclavos lo vejaban, le atribuían a él las faltas que ellos cometían. Así eludían los castigos. Parecía inferior a cualquier animal.
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