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Hay hombres que llegan a los pueblos con una maleta, un breviario y una obediencia. Y hay otros que, además, traen en las manos una extraña llama. No siempre se ve al principio. A veces permanece escondida, como esos rescoldos humildes que parecen ceniza hasta que alguien sopla. En Ramón Martínez, sacerdote y hoy párroco de la iglesia de la Santísima Trinidad de Crevillent -su pueblo natal, concretamente la pedanía de Las Casicas-, esa llama tomó la forma de pinceles, barro, escayola, color y silencio. La forma, en definitiva, de un arte que él no presume como mérito propio, sino que acepta como se reciben las cosas altas: con temblor y agradecimiento «a Dios», pues él le dio el don.
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