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Si Alfredo Landa acabó creando un género, el 'landismo', el cine de Leo Harlem podría sentar las bases del 'harlismo' , una corriente de la comedia española basada en, según propio el cómico, «personajes entrañables, patosos, un poco brutos, pero que caen bien. Cometen errores, pero siempre sin mala intención, así que recapacitan y acaban por cambiar sus ideas, su forma de actuar, porque entienden que estaban equivocados. Es una visión positiva del ser humano, todos podemos ser mejores personas». Pero Leo no tiene tan claro que exista ese fenómeno: «He tenido la suerte de participar en varias películas que han tenido mucho éxito en taquilla, tanto que incluso cuentan con secuelas». Es el caso de 'La familia Benetón', que ahora, en su segunda entrega, ha fichado a dos bebés que alteran la vida de una familia multicultural ya de por sí bastante dada al caos: «Ha sido un cursillo intensivo de cambio pañales, soy capaz de hacerlo solo con la mirada». El cómico, que no tiene hijos, se ha enfrentado en la ficción a lo que no ha conocido en la vida real: «Ya tengo un máster en bebés y niños. Trabajar con ellos te mantiene en alerta, porque en las réplicas puede pasar de todo. Los mayores que ya saben actuar son como profesionales, esos van solos. Pero los muy pequeños lo mismo te meten un dedo en el ojo que se echan a llorar. Estás en tensión permanente, porque en comedia debes mantener el tono y si bajan de intensidad, te ves obligado a tirar de ellos». Alfred Hitchcock aseguraba que no se debía trabajar nunca con niños (ni con animales, ni con Charles Laughton) y Leo bromea con la advertencia: «¡Tenía más razón que un santo! No, ahora en serio, es una experiencia que merece la pena. Aprendes mucho». Leo entiende el humor como «una vía extraordinaria para que un mensaje cale más profundo. Es como la lluvia fina, no como una tormenta que se lo lleva todo por delante. Los discursos categóricos provocan rechazo, pero el humor te abre los ojos, te enfrenta a la verdad con una sonrisa». Así, en la comedia que ahora estrena se habla de racismo, de integración, de convivencia entre diferentes: «A mí me gusta ese humor costumbrista que muestra cómo me afectan los cambios. Las modas, el gimnasio, los 'coaches', la comida como excusa para hacer fotos… Esas cosas. Y sé que debo espabilar porque me siento extraño al ver que el mundo va a toda velocidad mientas yo me quedo atrás». Un síntoma de ese retraso: «Mi móvil es de teclas, lo más básico. Tanto, que no puedo alquilar bicicletas en Madrid porque no tengo internet». A Leo no le gusta hablar de su intimidad , le incomoda y prefiere preservarla, pero tiene el detalle de responder a cómo ve la relación sentimental con su chica, Nuria, que ya dura tres décadas: «El amor es compañía». Solo hay una cosa que odie más que hablar de su vida privada: el ruido: «No lo soporto, saca lo peor que hay en mí. Y va a más. Tengo la mala suerte de vivir en un país muy ruidoso, así que me cuesta sentirme cómodo cuando salgo. Es que no te escapas, aunque te refugies en un convento, porque en cuanto te descuidas ya han organizado un concierto. La gente ruidosa es lo peor». A Leo le gusta la puntualidad, pero se reconoce «demasiado cabezota y me cuesta luchar contra la pereza, soy muy vago». Para que se hagan una idea, su primer trabajo fue en una panadería: «El pan me vuelve loco, me comería una hogaza diaria, pero no debo». Y ni con la moda que se impuso durante la pandemia le entraron ganas de ponerse a amasar: «Donde esté una barra ya hecha, que se quite todo». En realidad, lo que está es agotado: «Ya tengo 63 años y solo quiero tranquilidad. Anuncié que me retiraba, pero no me jubilo , voy a ser más selectivo. Quiero tener más tiempo para mí, para descansar». No planea viajar ni entregarse a las actividades: uno se lo imagina feliz sentado en el sofá: «Es que mi felicidad viene de familia. Feliz es mi segundo apellido». Está lejos de ser un soñador: «Tengo mis aspiraciones, pero siempre con los pies en la tierra. No soy de ponerme objetivos, prefiero dejarme llevar». Le gusta tener sus rutinas: «Las justas, pero no me vuelvo loco, también fluyo». No es caprichoso, «al contrario, soy austero, no me va eso de gastar por gastar». Tampoco se considera detallista: «No estoy pendiente de aniversarios, cumpleaños y esas cosas». Pero Leo está para lo importante: «Si alguien me pide ayuda porque tiene problemas, sabe que cuenta conmigo». El emoji que más usa: «No tengo 'whatsapp'. Los emoji los uso, ni los entiendo». Se haría un selfi con: «José Luis Garci. Con o sin el Oscar». Un momento 'Tierra, trágame': «En 'La familia Benetón +2' tenía que hacer como que machacaba unos móviles… Y a la hora de rodad, los machaqué... pero de verdad». Un sacrificio por la fama: «Tiempo para mí, que siempre se lo he dado al público». Algo que no puede faltar en su día a día: «El aceite de oliva virgen». Un lugar para perderse: «Cualquier pueblo en el que respire tranquilidad». Tiene miedo al: «agua. Morir ahogado es mi peor pesadilla». Su primer beso: «Una cosa rara, pero una experiencia nueva». Un propósito que nunca cumple: «Tocar la guitarra». Dentro de diez años se ve: «Espero sentirme mejor, que para eso me cuido mucho. Soy optimista, así que todo va a ir bien». El pequeño Leo: «Era travieso, buen estudiante, bastante espabilado para mi edad. Hasta los años viví en Matarrosa del Sil, un pueblo del Bierzo, lo que significa mucha vida en la calle, en el campo, jugando sin miedo y libremente. Luego nos mudamos a Valladolid, provocando en mi vida un cambio importante, aunque me adapté rápidamente. Reconozco que la vis cómica despertó pronto. Yo era el graciosillo, el típico 'guindilla' del grupo o de la clase que va picando a todos»
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