Diario CÓRDOBA
Nunca supe cómo se llamaba; lo llamaban Quim. No sé si era un residuo o saldo de Joaquín, deminutivo cariñoso, o bien se trataba de la españolización del king inglés. Quim, o King, acudía siempre a Córdoba con la inapelable periodicidad de las golondrinas becquerianas. Y traía sus libros. King acudía con su corte de libros antiguos, ajados y maravillosos, y sentaba sus tiendas en el bulevar Gran Capitán. Sentado en su trono funcional, veía el tiempo y a los curiosos pasar frente a su enjundiosa y silenciosa corte, que formaba apretada cohorte sobre el tenderete. Quim gastaba gesto adusto y bigote ya cano, y alguna vez hacía un comentario seco, acaso inoportuno, al sesgo del paseante curioso que se acercaba a su estand. Ya no volverá. Este año, en los pabellones del ejército de libros antiguos acantonado en el bulevar del Gran Capitán no luce el gallardete de Quim. King ha muerto. Viva el Rey.
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