Diario CÓRDOBA
El evangelio de hoy, tercer domingo de Pascua, es el de los discípulos de Emaús. Eran dos discípulos de Jesús que, tras su muerte, y pasado el sábado, dejan Jerusalén y regresan, tristes y abatidos, a su aldea, llamada precisamente Emaús. Mientras recorren el camino, Jesús resucitado se les acerca, pero ellos no lo reconocen. Viéndolos tan tristes, para volver a encender un fuego de esperanza en sus corazones, trata de explicarles que la pasión y muerte del Mesías eran el designio de Dios y estaban profetizadas en las Sagradas Escrituras. Llegados a ese punto, los discípulos sienten una atracción extraordinaria hacia ese hombre misterioso y lo invitan a quedarse con ellos esa tarde. Jesús acepta y entra con ellos en su casa. Ernestina Champourcin, poeta de alma tierna y delicada, plasmó en unos versos bellísimos ese momento, trasladándolo a su corazón: «Porque es tarde, Dios mío, / porque anochece ya, / y se nubla el camino, / porque temo perder, / las huellas que he seguido, / no me dejes tan sola / y quédate conmigo». Jesús, estando a la mesa con los dos de Emaús, bendice el pan y lo parte, lo reconocen, pero entonces desaparece de su vista, dejándolos pasmados. El camino de Emaús se convierte así en el símbolo de nuestro camino de fe: las Escrituras y la eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro con el Señor. Cuando la vida nos hiere, volvemos tristes a nuestra Emaús y damos la espalda al plan de Dios, alejándonos de Él. Pero la liturgia de la Palabra nos sostiene: Jesús nos explica las Escrituras y vuelve a encender en nuestros corazones el calor de la fe y de la esperanza, y nos da fuerza mediante la comunión. Los de Emaús han realizado un itinerario de fe cristiana que es modélico para los discípulos de todos los tiempos. A Cristo resucitado se le encuentra en el camino de la vida, en las Escrituras, en la fracción del pan y en la vida compartida de la comunidad. Eso les sucedió a los discípulos de Emaús: acogieron la Palabra y compartieron el pan, y de tristes y derrotados como se sentían, pasaron a estar alegres. La resurrección de Jesús no es solo una celebración litúrgica. Es, antes que nada, la manifestación del amor poderoso de Dios, que nos salva de la muerte y del pecado. ¿Es posible experimentar hoy su fuerza vivificadora? Dios resucitado puede despertar de nuevo nuestra confianza y nuestro gozo. No es la muerte la que tiene la última palabra, sino Dios. Hay tanta muerte injusta, tanta enfermedad dolorosa, tanta vida sin sentido, que podríamos hundirnos en la desesperanza. La resurrección de Jesús nos recuerda que Dios existe y salva. El verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento, sino la tristeza. Nos falta pasión por la vida y compasión por los que sufren. La resurrección de Jesús es abrirnos a la «energía vivificadora» de Dios.
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