La Jornada
Durante décadas, organizamos la salud como si el hospital fuera el centro del universo. Todo giraba alrededor de él: los recursos, las decisiones, incluso la imaginación de lo que significa cuidar. Hoy comenzamos a aceptar algo más cercano a Copérnico: el centro no es la institución, es la persona. Y ese desplazamiento, que en apariencia parece simple, obliga a repensarlo todo. Porque un sistema que pone a las instituciones en el centro tiende a fragmentarse; uno que pone a las personas necesita articularse. El nuestro, desde su fundación en 1943, se pareció más a un archipiélago que a un país, con islas de atención separadas por mares de desconexión.
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