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Una paz a capricho del poder
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Una paz a capricho del poder

El mundo asiste una vez más al fracaso de acuerdos que nacen sin convicción. Mientras tanto, los civiles pagan el precio de una paz que nunca llega a ser obligatoria. No es la tinta la que falla, ni la pluma que firma los acuerdos solemnes. No es la escenografía diplomática ni las palabras cuidadosamente elegidas ante los medios. Lo que fracasa, de manera reiterada, es la verdad que no habita en quienes dicen apostar por la paz. Una y otra vez, los líderes se reúnen, negocian, firman treguas y proclaman el fin de la violencia. Pero apenas pasa el tiempo, el estruendo de las armas regresa con la misma crudeza. Y con él, las víctimas inocentes, las ciudades arrasadas, las vidas truncadas que nunca ocuparán titulares durante demasiado tiempo. No se trata de errores puntuales ni de malentendidos. Es, en demasiadas ocasiones, una cuestión de intereses. Se firman acuerdos sin convicción, compromisos sin intención real de cumplimiento. La paz se utiliza como estrategia temporal, como gesto político, como herramienta de presión, pero no como objetivo firme e irrenunciable. El resultado es devastador: una normalización progresiva del conflicto. La sociedad internacional observa, condena, debate… y finalmente se acostumbra. Y en ese acostumbrarse, se debilita la exigencia de soluciones reales. Es necesario señalar una verdad incómoda: la paz, hoy por hoy, sigue siendo opcional para quienes tienen el poder de imponerla. Y mientras lo sea, seguirá siendo frágil. No basta con acuerdos simbólicos. No basta con declaraciones de buenas intenciones. Se requiere un compromiso internacional que no pueda ser bloqueado por intereses particulares, que no dependa de la voluntad cambiante de unos pocos, y que establezca consecuencias reales para quienes incumplan. No puede existir un sistema en el que se pueda impedir la paz .No puede haber impunidad para quienes prolongan los conflictos o se benefician de ellos. No puede seguir permitiéndose que la destrucción sea más fácil que la reconstrucción. Transformar la paz en una obligación, y no en una opción, es el verdadero desafío de nuestro tiempo. Porque mientras siga dependiendo del cálculo político, seguirá rompiéndose sobre las vidas de quienes nunca eligieron la guerra. Y entonces, cada nuevo acuerdo firmado será, simplemente, otra promesa condenada a repetirse. Cayetano Peláez del Rosal. Murcia Esta semana he visto con asombro cómo anunciaba el Partido Andalusí que concurría a las elecciones de Andalucía para «normalizar» el árabe en esta región de España. Dicho partido, como no podía ser de otra manera, está basado en el ideal de Blas Infante y se inspira en el «humanismo islámico». Teniendo en cuenta el creciente número de población dispuesta a votarle, su proceso bien podría ser el siguiente: de no ser más que un partido marginal, hasta sacar el número de escaños suficientes para garantizar una investidura. O para aprobar una moción de censura. ¿Les suena de algo? ¿De verdad no hemos aprendido nada de los movimientos secesionistas en España?, ¿del oportunismo del PNV?, ¿de las concesiones constantes a Bildu, incluyendo la liberación de sus presos? ¿del republicanismo izquierdoso de ERC y el chantaje constante ley a ley de Junts hasta sacar una amnistía? Pues parece que no, no hemos aprendido nada. Rodrigo Díez Torre-Enciso. Madrid

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