Ultima Hora Mallorca
Trump siempre pretende vender una imagen de poderío, pero su discurso suena a disco rayado. Cada amenaza contra Irán acaba mostrando más nervios que control. Va diciendo que la guerra ya está ganada, pero el conflicto sigue abierto y por el cúmulo de informaciones cada día se complica más. La propaganda dura poco y menos cuando los hechos la desmienten. Desde luego, Irán no parece vencido ya que sigue respondiendo tanto en el terreno militar como en el diplomático. Eso deja a Trump como una especie de papagayo, que habla y habla sin sentido alguno. Afirmar, porque te gusta oírte, que la guerra está «ganada» no la convierte ipso facto en ganada. Más bien muestra que él necesita aparentar éxito antes de lograrlo. Es una estrategia que habrá empleado en sus movimientos económicos en cientos de ocasiones, basada en una presión absoluta, pero esto es una guerra donde se puede generar una inquebrantable resistencia y donde la exhibición dialéctica puede empezar a parecer simple impotencia. Los mensajes contradictorios dañan su poca credibilidad. Un día habla de destrucción total, genocidios, etc y al siguiente de conversaciones beneficiosas. Así no se transmite liderazgo sino improvisación. Y también, de repente, existe un problema interno. Cuanto más se alarga el conflicto, más complicado es justificar el coste humano y económico. Todo se rompe cuando el precio de las cosas sube porque lo que queda es una guerra sin posibilidad de salida visible en la que su extrema verborrea se convierte en su propia trampa. Se llenó la boca prometiendo una victoria rápida y limpia. Sin embargo, la realidad es caótica. Irán lo ha convertido en una prueba de desgaste y esto castiga al que necesita resultados inmediatos. A Trump le gusta aparentar imagen de ganador, pero cuando esta se agrieta se debilita su autoridad. En política exterior, perder el control es el primer paso hacia la derrota.
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