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Ana Milán anunciaba durante la presentación de 'Ex, la vida después', su nuevo programa de entrevistas de Cuatro, que su espacio iba a estar protegido a capa y espada para que el invitado se sintiera cómodo: «Es un lugar donde poder proteger al ser humano en unos tiempos donde el ser humano no está siendo protegido de ninguna de las maneras , donde su alma está siendo vapuleada, donde si tú eres una persona conocida, reza para que no te pillen en una ». Y así ha sido. Hasta ahora, de Rosalía a Ada Colau, pasando por Andy, todos sus invitados han encontrado en este programa un lugar donde ser ellos mismos sin preguntas estridentes ni violentas. Pero no siempre ha sido así. Hubo un tiempo en el que la televisión convirtió la incomodidad en espectáculo y la tensión en un ingrediente imprescindible del 'prime time'. Ser voraz, incisivo, incluso feroz con el invitado no solo estaba permitido, sino que era celebrado por la audiencia. En ese contexto emergieron con fuerza rostros como Risto Mejide, que elevó ese estilo a una marca propia reconocible. No era extraño verle arrinconar a sus entrevistados hasta llevarlos a un terreno incómodo, casi hostil. Ahí está aquel momento en 'Al rincón' en el que interrogaba a Pablo López sobre sus ambiciones para, acto seguido, desmontarlas con frialdad, sugiriendo que eran poco menos que inalcanzables. O su enfrentamiento con Arcadi Espada en 'Chester', que acabó con la expulsión del periodista del plató tras una conversación que fue escalando en tensión. Aquella televisión encontraba en el conflicto una forma de verdad, o al menos de autenticidad, y el espectador parecía dispuesto a premiarla. Aunque Risto hay uno, lo cierto es que su estilo no surgió en el vacío ni se quedó aislado. Marcó, más bien, una forma de hacer entrevistas que permeó en otros formatos y presentadores, incluso en aquellos con trayectorias más largas en televisión y que empezaron antes con esta forma de hacer. Jordi Évole, por ejemplo, desde 'Salvados', desarrolló su propio lenguaje, menos agresivo en apariencia y tono, pero igualmente incisivo, con el que colocaba a políticos y figuras públicas en situaciones incómodas, obligándoles a responder preguntas difíciles, a menudo sin escapatoria. Había, en el fondo, un gusto compartido entre público y televisión por ver a los poderosos, a los polémicos o a los famosos atravesar momentos de tensión. La entrevista era entonces una suerte de examen público, una ventana a la crítica directa que no tenían. Hoy, sin embargo, los invitados ya no llegan 'vírgenes' al plató: arrastran consigo un historial de declaraciones, polémicas y juicios en redes sociales que han sido diseccionados previamente por millones de usuarios. Pero como ocurre con casi todo, también esta forma de hacer televisión tenía fecha de caducidad. Parece que ya no está de moda ir de malote. Los tiempos han cambiado y, con ellos, la manera en que los personajes públicos se presentan ante la audiencia. Si antes la entrevista televisiva era una de las pocas ventanas a su vida personal o profesional, hoy las redes sociales han alterado completamente ese equilibrio. Son los propios famosos quienes, a golpe de publicación, construyen, y a veces destruyen, su relato, entrando en polémicas sin necesidad de un intermediario. A eso se suma un cambio estructural en el ecosistema mediático: la televisión ya no es el único gran escaparate. Durante décadas, pasar por el plató era casi una obligación para promocionar un proyecto, aunque implicara someterse a preguntas incómodas o situaciones tensas. Ahora, con múltiples canales de difusión a su alcance, esa necesidad se ha diluido. El peaje de «pasarlo mal» ya no parece imprescindible para obtener visibilidad. Aunque, sobre todo, lo que ha cambiado es la sensibilidad. El contexto social ha evolucionado y con él las expectativas del espectador. Hay entrevistas de hace apenas una década que hoy resultarían difíciles de emitir sin generar rechazo. La televisión ha ido adaptándose a este nuevo clima, y programas como 'Salvados' o 'Lo de Évole' han transitado hacia terrenos más reflexivos, abordando cuestiones sociales que van desde la salud mental hasta las adicciones, con un tono más empático, más testimonial y menos incisivo. El lenguaje también se ha transformado: importa tanto lo que se pregunta como la forma en que se hace. Incluso el propio Risto Mejide ha experimentado cierta evolución en sus formatos, ajustando sus modos sin renunciar del todo a su identidad. De ahí que propuestas como 'Viajando con Chester' o 'Ex, la vida después', donde además Risto Mejide es productor, busquen ahora generar espacios más seguros para la conversación. En esa misma línea se situaba 'Las tres puertas', de María Casado en TVE, o 'Mis raíces', de Isabel Jiménez en Cuatro, que apuestan por la intimidad, la memoria y la reflexión. La prueba más clara de ese cambio es que la entrevista ya no tiene por qué sostenerse en la incomodidad para funcionar. Puede ser otra cosa. Puede ser incluso un juego. Ahí encajan formatos como los de Jesús Calleja, donde la conversación ocurre mientras se salta en paracaídas, se vuela en globo o se sube el Himalaya. El foco ya no está en acorralar al invitado, sino en sacarlo de su entorno habitual, en ver cómo reacciona en situaciones que no tienen nada que ver con un plató. La entrevista, en el fondo, ha dejado de ser un examen o un pulso para convertirse en otra forma de entretenimiento, donde lo importante no es «ganar» la conversación, sino que la conversación ocurra mientras pasa algo más. Y parece que funcionan.
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