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Rosalía salió al escenario el sábado por la noche en Barcelona —«mi ciudad», dijo varias veces— con una imagen muy poco habitual en un concierto de gran formato. Iba dentro de una caja y vestida de bailarina clásica, con tutú y zapatillas de punta. Ligera y concentrada, como si fuera una figura salida de un cuadro de Degas, interpretó varias piezas, entre ellas Sexo, Violencia y Llantas y Reliquia. Justo después, se detuvo un momento y señaló al público para dar las gracias a su profesora de ballet. La nombró —Tatiana Yerakhavets— y contó que, en el mes y medio anterior al inicio de la gira, le había ayudado con «una disciplina difícil, de una belleza extrema». Y añadió, de manera casi casual, que antes no sabía casi nada de ballet. «Siempre seré una estudiante», dijo emocionada, antes de reivindicar a los «maestros» de su vida.
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