ABC
El domingo se estrenó la última serie producida y emitida en TVE, 'Barrio Esperanza', que sigue las andanzas de una exconvicta que encadenó dos sentencias firmes por narcotráfico y trata de volver a empezar como profesora de Primaria en el colegio de barrio donde estudió. Se supone que la serie quiere hablar sobre la educación como motor de cambio y sobre la labor encomiable de muchos maestros. Sin embargo, sus dos primeros episodios son tal sucesión de estereotipos, tan manidos y maniqueos, que por momentos parecen acercarse a la autoparodia. 'Barrio Esperanza' es la forma en que la televisión pública, con un coro de niños de fondo cantando 'Nada fue un error', de Coti, quiere reflexionar sobre el sistema educativo. Entre cliché y cliché hay espacio para el azúcar. Todo arranca con la salida de Esperanza (así se llama la protagonista) de la cárcel donde había estado presa ocho años. Sale reformada y con plaza en una escuela pública donde empieza a dar clase a alumnos de quinto de Primaria que rápidamente la adoran. La adoración poco a poco se va extendiendo hacia el resto de compañeros del claustro: desde el director insulso hasta el clásico maestro sesentón a punto de jubilarse. Este último suelta hacia la mitad de la serie que no sabe qué hace en la enseñanza pública, «si en la privada cobraría tres veces más». Sin embargo, esa afirmación no es correcta. En los centros públicos, el salario medio de un maestro suele oscilar entre los 2.000 y los 2.500. Si bien en la privada los profesores suelen partir de un sueldo base algo superior, al no contar con los complementos del funcionariado, sus retribuciones finales suelen ser inferiores. Pero volviendo a la serie, la popularidad interna de Esperanza no basta y la expresidiaria encuentra en el presidente de la AMPA (Asociación de Madres y Padres de Alumnos) su verdadera piedra en el zapato. Resulta cuanto menos curioso que el personaje del padre que encabeza la recogida de firmas para que Esperanza abandone el colegio lo encarne un pijo prototípico de polo y buen coche en el contexto de un barrio humilde. Sobre todo teniendo en cuenta que un alto porcentaje de los alumnos son inmigrantes y proceden de familias vulnerables. Son precisamente los estudiantes con menos recursos económicos los que dan pie a la segunda gran trama de los primeros capítulos. Después de una clase sobre pinturas rupestres, un pequeño grupo termina por quedarse dormido sobre los pupitres. Según le explica a Esperanza el más avezado y sensible de sus alumnos, esos compañeros vienen a la escuela sin desayunar y por eso terminan exhaustos después de la actividad. Desde ese momento, la protagonista empieza a pensar en cómo organizar desayunos solidarios para alimentarles. Su primera reacción es darles las magdalenas y la leche que sus compañeros tienen en la sala de profesores. Una vez confesado el pequeño hurto, todo el claustro la ayuda con una campaña de recogida de alimentos dentro del barrio. Y en ese momento aparecen las monjas. Esperanza habla con la hermana Elena y la hermana Clara del Beata Magdalena, se entiende que un colegio concertado también de la zona. Las religiosas están recogiendo unas bandejas de repostería y la protagonista les «pide colaborar» con la iniciativa del desayuno solidario. «Desde ahora mismo vamos a empezar a rezar por esos pobres niños necesitados», dice una de ellas. Pero a Esperanza le cabrea enormemente que las monjas no quieran aflojar ni un bollo y entonces traza un nuevo plan: «Lo intentamos por las buenas, ahora vamos por las malas», entona con heroísmo de Robin Hood el personaje interpretado por Mariona Terés . La idea es vestirse con un hábito para hacerse pasar por las dos monjas y llevarse la repostería que a diario recogen las religiosas para el Beata Magdalena. Otros dos profesores del claustro la ayudan con la operación, uno de ellos es un maestro homosexual que dice haber quedado traumatizado con la educación que recibió en su colegio de monjas. Es el encargado de deshinchar las ruedas de la furgoneta de las religiosas al grito de «¡Y el niño Jesús no odia a los gays!, ¿vale?». La otra docente muestra algo de remordimiento antes de tomar las bandejas, pero Esperanza vuelve a convencerla de que están haciendo lo correcto: «Dios nos perdonará. Esto no es un robo, es una redistribución de los alimentos al más puro estilo bíblico». Los niños vulnerables terminan comiendo y Esperanza vence a su archienemigo, el padre del AMPA con polo y vuelve a sonar el coro de niños cantando a Coti. Para saber más, habrá que esperar al miércoles, después de 'La Revuelta'.
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