ABC
La tumba del Papa Francisco en la basílica de Santa María la Mayor, en el monte Esquilino de Roma, se ha convertido en solo un año en meta de peregrinación de la Ciudad Eterna. Hasta ella se acercan cada día al menos 6.000 personas, con picos de hasta 10.000 peregrinos. Algunos se arrodillan, se santiguan y susurran una oración, otros dejan flores o mensajes al antiguo Pontífice, y los hay más originales que se sacan una foto de familia ante su cruz o que intentan pasar sin éxito una camiseta de fútbol sobre su lápida. No pueden imaginarse que Jorge Mario Bergoglio no tenía pensado ser enterrado allí y que lo hizo fruto de una sugerencia casual. Aunque en Roma la casualidades no existen. «El 13 de mayo de 2022 solicité al Papa Francisco permiso para hacer obras en la Capilla Paulina de esta basílica, donde está el icono de la imagen de la Virgen María Salus Popoli Romani a la que él era tan devoto», explica a ABC el cardenal Rolandas Makrickas, custodio de esta basílica. De hecho, el Papa la visitaba antes de cada viaje y cuando era dado de alta del hospital, estuvo allí 126 veces. «Entonces le pregunté si, dado que venía tan a menudo a rezar, había pensado en ser enterrado aquí. Él sonrió y me respondió que los Papas suelen ser enterrados en San Pedro», añade. «Pero una semana después me convocó el Papa y me dijo algo así: 'La Virgen quiere que me prepare la tumba, y estoy muy contento de que no se haya olvidado de mí. Quiero ser enterrado en Santa María la Mayor, búscame un sitio'». Le pidió que la tumba no estuviera en la Capilla Paulina, para no restar protagonismo a la Virgen. Entonces, identificaron cerca de ese lugar un armario donde guardaban candelabros y allí la construyeron. «Cuando venía a la basílica el Papa preguntaba cómo iban las obras de su apartamentito, y se refería a esta tumba», recuerda. «El Papa pagó personalmente las obras y me dijo que la cantidad se la había entregado un benefactor, pero no me reveló quién era». Como cardenal arcipreste, el lituano Rolandas Makrickas, de 54 años, es el encargado de atender a los que llegan a la tumba de Bergoglio. Dice que muchos vienen para cumplir una promesa o por gratitud. «Más que devoción, veo que se verifica un recuerdo orante constante: la gente hace fila para rezar ante su tumba, para pedir por la paz o por intenciones personales y para dejar limosnas. En términos teológicos formales no se puede hablar de devoción litúrgica oficial, pero sí que hay una manifestación clara de cariño por parte de los fieles», detalla. La basílica abre a las 7 de la mañana y cierra a las 7 de la tarde. Aparte de la tumba del Papa Francisco, aquí se venera un icono de la Virgen que es la patrona de Roma y están las reliquias de la cuna del portal de Belén. En la víspera del aniversario de su fallecimiento han pasado ante ella personas de todas las clases sociales, romanos en chaqueta y corbata que aprovechan una pausa en el trabajo, excursiones de la Tercera Edad, jóvenes con tatuajes y monjas con rosarios. Algunos se arrodillan en los reclinatorios que mantienen la lápida a distancia. Otros se quedan de pie en silencio. No hay multitudes, pero en ningún momento se encuentra sola la tumba. Hay quien deja flores a los pies de la capilla, y un empleado del Vaticano pasa cada poco para ponerlas en orden. Sobre la lápida con el nombre en latín «Franciscus» sólo había una rosa blanca. Uno de los que ha pasado ante ella es Nicolás, argentino de 26 años. Dice que acaba de llegar de Nápoles, donde ha visto los lugares de Maradona, y que ahora tenía que estar con Francisco. Mientras reza, sostiene con ambas manos una camiseta de su equipo del alma, el San Lorenzo de Almagro. «Cuando lo eligieron, el periódico tituló así: 'El nuevo Papa es argentino y del San Lorenzo'. Ganamos el primer campeonato y luego también la Copa Libertadores. Fue milagroso.», reconoce. «He venido ante su tumba para darle las gracias por esos trofeos y pedirle por el futuro del Club», se despide. Una pareja de italianos habla en voz alta. «A mí me hubiera gustado que el nuevo Papa siguiera su misma línea», comenta ella. «Pues León XIV es el único que ha respondido bien a Trump», reacciona él. También se detiene una pareja de Jaén. «Fue un Papa muy diferente a los anteriores, muy cercano, y eso nos llamaba la atención», dice Isabel. «Yo fui a la JMJ de Cracovia, estábamos por la calle y pasó a nuestro lado en un Golf negro y bajó la ventanilla para saludarnos. Fue un detalle», recuerda Raúl. Ante la tumba pasan también amigos del Papa, como la española Maria Luis Berzosa, religiosa jesuitina. «Su legado fue abrir espacios y procesos cerrados, desde su profunda humanidad enraizada en Jesús y en el Evangelio. Dejó una huella difícil de borrar por su atención a las personas más descartadas de nuestro mundo con su gran corazón». La tumba de Francisco está excavada en el monte Esquilino, que en la antigua Roma era la zona reservada a sepulturas de siervos y esclavos. Cuando el autor de este artículo se lo hizo notar al Papa Francisco, a Bergoglio se le iluminaron los ojos. «¡No lo sabía! Eso te dará para un artículo cuando yo me muera».
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