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Simone Weil: Cuando la Gracia desafía a la gravedad
Cope Zaragoza

Simone Weil: Cuando la Gracia desafía a la gravedad

Ha llegado a mis manos una nueva traducción de 'La gravedad y la gracia' de Simone Weil (ed. Rialp). Es una versión muy cuidada con un prólogo que nos invita a querer saber más de aquella mujer, calificada de escritora mística, pero a la vez profundamente humana porque quería ponerse en el lugar del otro, y compartir sus experiencias, trabajos y sufrimientos. No dio el paso final para convertirse del judaísmo al cristianismo, aunque todo la acercaba a él, incluso su interés por la cultura de la Grecia clásica. En los años finales de su corta vida de 34 años, aseguraba encontrar una profunda paz con la repetición del Padrenuestro en griego. Este libro es una recopilación en treinta y seis breves capítulos de los cuadernos de notas que Simone confió a su amigo, el escritor católico Gustave Thibon. En teoría, le separaban de él muchas cosas y las discusiones eran frecuentes con una mujer de carácter, pero el tiempo, por no decir la paciencia y la amabilidad, fue limando asperezas y Thibon acabó admirando la sincera búsqueda de la verdad de aquella joven, lectora en nuestra lengua de san Juan de la Cruz. Los acercamientos del pasado de Simone al comunismo y al anarquismo, derivados no tanto de la ideología sino de búsqueda de la justicia, podían constituir un obstáculo en aquella relación. Esto sigue sucediendo hoy, incluso entre cristianos que parecen solamente buscar el acercamiento, y no siempre la amistad, entre los afines. Olvidan que la amistad de Cristo no admite excepciones de ningún tipo y está abierta a todos. Traducciones en español de La gravedad y la gracia hay bastantes, pero la realizada por el filósofo David Cerdá es excepcional. Se diría que, al realizarla, Cerdá hubiera querido acercarse a Simone y hacerse su amigo. Otras traducciones no tienen esta misma claridad y ante un texto complejo, no logran arrojar una completa claridad sobre su significado. Para empezar, el propio título de La gravedad y la gracia plantea incógnitas a cualquiera que aborde por primera vez este libro. El título lo puso Gustave Thibon para el primero de los capítulos y fue un acierto porque es el que mejor define la obra. Recuerda, indudablemente, al “Todo es gracia” de Teresa de Lisieux, todo es un don de Dios, pese a que en la existencia humana también existe algo pesado que nos postra por tierra. Hay una ley de la gravedad no física sino también espiritual. Filósofos posteriores como Albert Camus exhortaron en El mito de Sísifo a llevar con dignidad la pesada carga de la existencia. Sin embargo, ese consejo, por bienintencionado que fuera, suele convertirse en una apuesta por la resignación y la monotonía. No es este un libro sencillo, pues una obra para quienes realmente se sienten “exiliados del corazón”. Así son los seres humanos, en una expresión de Teresa de Lisieux. Se diría que estamos condenados a soportar el peso de la gravedad. Pero Simone dice: “Todo pasa según la ley de la gravedad a no ser que intervenga lo sobrenatural”. Nos está diciendo que no estamos solos. En efecto, el peso de la gravedad, que nos recluye en nosotros mismos, nos condena a la tristeza y nos aleja de los demás. Se diría que Simone ha presentido aquí la célebre frase de Sartre de que “El infierno son los otros”. Los otros son rivales, enemigos o competidores. Simone, que padeció toda su vida ataques de migraña, confiesa que hay momentos en que le gustaría hacer sufrir a otro ser humano golpeándole en el mismo lado de la cabeza en que a ella le duele. En otras ocasiones, reconoce que ha cedido a la tentación de emplear palabras hirientes. Nada de esto es extraño, pues muchas personas solo saben liberar energías mediante la violencia. Simone escribe que en el universo reinan dos fuerzas: la luz y la gravedad. Ella no quiere ser aplastada por el peso de esta última. Por eso, llama la atención de que en este libro surjan con frecuencia pasajes evangélicos, utilizados por una autora en continua travesía hacia un cristianismo que irradia luz. En mi opinión, una de las citas más llamativas es la del primer capítulo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra” (Jn 4,34). La autora añade que “no hay más bien que esta capacidad”. Un ejemplo de las aspiraciones de Simone, gran conocedora de la belleza de la naturaleza, “Deseo ser como la clorofila, que vive y se alimenta de la luz”.

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