ABC
El intento del Gobierno de impulsar en la Unión Europea la suspensión del acuerdo de asociación con Israel ha vuelto a encallar por la oposición de Alemania e Italia, cuyo respaldo resulta imprescindible para una decisión de tal calado. La propuesta, promovida por España junto a otros socios, no solo ha fracasado, sino que ha puesto de relieve el aislamiento creciente de Madrid en un asunto de alta sensibilidad estratégica . Este episodio confirma una tendencia más profunda: la política exterior con Pedro Sánchez se ha caracterizado por una acumulación de decisiones adoptadas sin el consenso político interno que tradicionalmente ha sustentado la acción internacional de España. Durante décadas, los grandes ejes –relación con el Magreb, posición en Oriente Próximo o vínculos trasatlánticos– se apoyaban en acuerdos básicos entre Gobierno y oposición. Ese esquema ha sido sustituido por una práctica más unilateral, en la que el Parlamento ha quedado relegado a un papel secundario . La crisis de Gaza sí ha generado debates en el Congreso, particularmente en torno a propuestas como el embargo de armas a Israel o la calificación jurídica del conflicto, pero la pauta dominante sigue siendo la falta de deliberación previa en las decisiones de mayor alcance. El ejemplo más significativo fue el giro sobre el Sahara Occidental, cuando el Ejecutivo respaldó el plan de autonomía marroquí sin consulta parlamentaria ni consenso político, rompiendo una posición mantenida durante décadas. La misma lógica se ha reproducido en otros escenarios. Los acuerdos estratégicos con China, articulados en torno a nuevos mecanismos de diálogo bilateral, han suscitado críticas por su falta de debate previo. A diferencia de Giorgia Meloni en Italia, Sánchez se negó a llevar al Parlamento la decisión de impedir el uso de las bases de utilización conjunta a EE.UU. Incluso dentro de la propia mayoría de investidura se han registrado quejas por la ausencia de información sobre decisiones relevantes, lo que revela un problema que trasciende la confrontación entre Gobierno y oposición. Cuando la política exterior se gestiona sin transparencia ni búsqueda de consenso deja de ser de Estado para convertirse en una prolongación de la estrategia interna. El recurso a Europa como escenario prioritario responde, en ocasiones, a una búsqueda de legitimidad externa ante la falta de respaldo interno. El resultado es un deterioro de la credibilidad internacional de España. Como reflejan distintos análisis, la acumulación de fricciones con socios y la falta de coherencia estratégica proyectan la imagen de un país errático y poco fiable. Nuestro juicio es inequívoco. Una política exterior sin consenso suficiente, sin control parlamentario efectivo y orientada al rédito inmediato erosiona la posición del Estado. España necesita recuperar una diplomacia previsible, compartida y sujeta a la rendición de cuentas . La política exterior no puede depender de decisiones personalistas para bruñir un determinado perfil internacional. Debe volver al Parlamento, reconstruir consensos y reafirmarse como una auténtica política de Estado.
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