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Un dragón maltratado
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Un dragón maltratado

El perro es mío, se justifica el maltratador, palo en mano. El dragón es nuestro, advierten ellos, bandera al viento. Si fuera un toro de Miura, Morante de la Puebla no podría tocarle ni un pelo a menos de doscientos kilómetros de las Ramblas. Pero el dragón no tiene quien le defienda y san Jorge, a pie o montado en su caballo blanco identitario, puede matarlo las veces que quiera. «Por San Jorge e Inglaterra», gritaban los héroes del tebeo de mi infancia al cargar contra el enemigo. Por Inglaterra, Georgia, Aragón, Cataluña, Etiopía, Rusia, Portugal, Lituania y los boy-scouts, podríamos escuchar gritar ahora en un armónico coro de lenguas si no fuera porque siempre hay algunos que gritan con más fuerza que el resto. Hasta Puigdemont ha cargado contra quienes, riéndose del santo y de la fiesta, se han puesto jocosamente del lado del dragón, y los ha acusado de nacionalismo, como sí por fin hubiera descubierto, a buenas horas, que es posible insultar a alguien llamándole nacionalista y conseguir que se ofenda. Para que la palabra fascista se convirtiera en un insulto fue necesario una guerra mundial y más de cincuenta millones de muertos. Para que nacionalista empiece a serlo hemos tenido que esperar a que un escritor con sentido del humor llamara maltratador de animales y analfabeto a un santo al que el propio Pablo VI sacó del santoral en 1969 porque no se creía que hubiera existido.

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