ABC
De Juan Carlos Rivero, locutor de fútbol y servidor público, se suele reír mucho la gente porque no da pie con bola durante la retransmisión de los partidos que RTVE le compra y le deja retransmitir para solaz y pitorreo de los aficionados. El hombre no atina y el espectador lo espera con la escopeta cargada y el móvil abierto para sacarle los colores cada vez que se confunde, cruel ejercicio de revictimización para quien ya tiene bastante con lo que tiene. La gente, aún más cuando se infantiliza, como en el fútbol, es cruel e inmisericorde. Si en cada español había ya un entrenador, desde que Juan Carlos Rivero se hace la picha un lío también hay un locutor, superdotado para seguir un juego cuyos movimientos prevé con precisión robótica y con la antelación necesaria para identificar quién entrega y, en décimas de segundo, recoge cada balón. España está llena de listos, visionarios que adivinan el futuro cuando ya es presente, como sucede en un deporte que Rivero, tampoco es para tanto, tarda un poco más en interpretar. El sábado pasado, y de manera excepcional, nuestro servidor público sabía lo que iba a pasar en la Cartuja y se preparó a conciencia para no fallar. Estuvo ensayando su comentario sobre la pitada al himno nacional durante siete días. «Libertad de expresión, libertad de expresión, libertad de expresión», repetía con los ojos cerrados. Le quedó impecable. Según se puso la chusma a pitar la Marcha Real en el estadio sevillano, Rivero dijo lo que tenía que decir, condicionado por los principios editoriales que rigen en una emisora en la que incluso la mujer del tiempo, de la rama de Ciencias, da el parte meteorológico desde el lado correcto de la historia. Estamos en condiciones de afirmar que el sábado pasado fue el primer día en que Rivero no se equivocó. Le quedó cumbre lo de la libertad de expresión, aunque lo llevara preparado. Contrasta la profesionalidad de Juan Carlos Rivero con la improvisación de aquel otro locutor, Perico Delgado, aficionado a las bicis , que no atinó a pronunciar las palabras precisas y de rigor cuando en otro magno y recordado ejercicio de libertad de expresión la chusma, entonces azuzada por el presidente del Gobierno, reventó la última etapa de la Vuelta a España. Como su camarada Rivero, hombre previsor en la medida de sus posibilidades, Delgado debería haber sabido lo que iba a pasar –estaba cantado y orquestado– para reaccionar como Dios manda, y no con civismo y sentido común.
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