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No todas las madres cocinan bien. A veces no pueden ayudar a hacer los deberes a sus hijos. No todas son empáticas y algunas son excesivamente regañonas, pero lo hacen lo mejor que pueden. Y pese a los traumas que les queden a algunos, para una mayoría de afortunados nuestra madre es la mejor. Las madres no solo nos han dado de comer cada día, sino que nos han hecho los platos preferidos de todos, con el toque perfecto que le gusta a cada uno. Nos han hecho el bocadillo. Han repasado la lección con nosotros. Nos han cuidado cuando estamos enfermos y nos han mimado. Han hecho de taxi. Han celebrado nuestras pequeñas y grandes victorias, y han estado ahí para consolarnos cuando hemos fracasamos. Son compasivas y extremadamente generosas. Están orgullosas de nosotros y nos quieren incondicionalmente. Hace unos quince años estaban de moda las tiger mothers, las mamás tigre. Comunes en China, apostaban por ser exigentes, autoritarias, perfeccionistas y severas con sus hijos. Eran amantes de la disciplina y la competitividad. Solo así, justificaban, se consigue la excelencia, y presumían de su modelo educativo como lanzadera de un país con el crecimiento económico y el desarrollo tecnológico más robustos del mundo. Ahora las madres se inclinan por modelos opuestos, más amorosos y democráticos. Las mamás medusa son muy permisivas, con una tendencia a no poner normas y no obligar a nada, que también se critica considerando que un exceso de indulgencia o de sobreprotección no permite a los críos madurar ni luchar por lo que quieren, transformados luego en adultos que no toleran la frustración. Las mamás delfín combinan los modelos anteriores, establecen límites claros con flexibilidad y fomentan la buena comunicación, la creatividad y el pensamiento crítico. También existen las mamás elefante, que dan mucho cariño y protección colectiva en tribu. La madre perfecta no existe, pero algunas se quedan muy cerca. Las modernas, con quien se puede intercambiar ropa y maquillaje o irte de concierto. Las divertidas, organizadoras o las que se ofrecen voluntarias para cualquier propósito. Sobre todo, aquellas con las que se puede hablar de forma natural, sin tabúes. Otras hacen lo que pueden, que es mucho pero que a veces se queda corto. En ocasiones las madres tienen que hacer de poli malo, con el desgaste emocional que supone. Algunas no son capaces de dejar atrás su infancia, a menudo llena de carencias o de infelicidad, y sus frustraciones, proyectándolas en sus hijos. Y unas pocas no nos entienden o, directamente, no nos aceptan, y en el fondo lo hacen pensando que es lo mejor para nosotros. Pero todas, en mayor o menor medida, renuncian a sus sueños y ambiciones para sostener la vida de sus hijos. Una buena madre no es una madre perfecta. Feliz Día de la Madre a todas, y especialmente a la mía, la mejor.
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