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La forma en la que tiramos la basura en La Rioja ya no es la misma. En los últimos años, el contenedor marrón ha pasado de ser un gran desconocido a formar parte del día a día de miles de hogares. No es solo una cuestión de reciclaje, es un cambio de mentalidad que empieza en la cocina y termina teniendo impacto en todo el entorno. En el último año, la comunidad ha recogido más de 5.200 toneladas de biorresiduos, una cifra que refleja que algo se está moviendo. Detrás de ese número hay gestos cotidianos, separar restos de comida, aprovechar mejor los recursos y entender que lo que antes era basura ahora puede tener una segunda vida. Este avance ha sido posible, en gran parte, gracias a la instalación de más de 2.300 contenedores marrones repartidos por toda la región. Hoy, están mucho más presentes en barrios, pueblos y zonas rurales, acercando el reciclaje a la rutina diaria de las familias. Cada riojano genera más de 400 kilos de residuos al año, lo que suma alrededor de 130.000 toneladas en toda la comunidad. Son cifras que impresionan, pero también ayudan a entender la magnitud del desafío. Porque aquí no se trata solo de reciclar por reciclar. Separar bien los residuos significa convertirlos en recursos útiles, reducir la contaminación y avanzar hacia un modelo más sostenible. Y en ese camino, los residuos orgánicos juegan un papel clave. De hecho, los biorresiduos representan entre el 40% y el 60% de la basura doméstica, es decir, casi la mitad de todo lo que tiramos. Por eso, hacerlo bien en este punto marca una diferencia enorme. Los datos, además, apuntan a una tendencia positiva, la recogida de materia orgánica ha crecido un 27% entre el primer trimestre de 2025 y el de 2026. Es una señal clara de que la ciudadanía está respondiendo. Una de las claves para que el sistema funcione está en saber exactamente qué tirar en el contenedor marrón. Y aquí todavía surgen dudas en muchos hogares. En este contenedor deben ir todos los residuos orgánicos: Restos de comida Pieles de fruta y verdura Carne y pescado Cáscaras de huevo Restos de café o infusiones Pero también otros elementos que a veces generan confusión, como cáscaras de marisco, huesos de fruta o papel de cocina sucio. Son residuos biodegradables y, por tanto, sí deben ir al marrón. En cambio, hay algo fundamental que conviene recordar, los líquidos no deben depositarse en este contenedor. Tampoco plásticos, envases o materiales no orgánicos. Como explica el gerente del Consorcio de Aguas y Residuos, José María Infante, muchas veces dudamos con residuos cotidianos, pero la regla es sencilla, "todo lo que tenga origen orgánico y sea biodegradable, va al marrón". Infante, explica que el uso del contenedor marrón abarca "buena parte de todo aquello que está relacionado con la comida", pero también otros residuos orgánicos que a veces generan dudas en casa. No solo se trata de lo más evidente, como una piel de plátano o restos de fruta, sino también de elementos como las cáscaras de langostinos, las conchas de mejillones o incluso el hueso de un melocotón. Otros materiales cotidianos como las servilletas usadas o el papel de cocina sucio, no son de origen orgánico, otra limitación importante, los líquidos no deben depositarse en el contenedor marrón, ya que no forman parte del proceso de tratamiento de los biorresiduos. Separar bien los residuos tiene una consecuencia directa que muchas veces no vemos , la transformación de esos restos en compost. Es decir, en un abono natural que puede volver a la tierra y cerrar el ciclo. Este proceso es la base de la llamada economía circular, un modelo que busca aprovechar al máximo los recursos en lugar de desecharlos sin más. Es pasar del “usar y tirar” a un sistema en el que todo tiene valor. Y no es solo teoría. A nivel doméstico, el impacto es muy real. Un hogar europeo medio genera entre 150 y 250 kilos de residuos orgánicos al año. Si esos residuos se compostan correctamente, se evita la emisión de entre 50 y 100 kilos de CO₂. Para entenderlo mejor, es como dejar de recorrer entre 400 y 800 kilómetros en coche cada año. Todo, simplemente, por separar bien la basura en casa. Una asignatura en progreso: objetivos europeos y compromiso social A pesar de los avances, La Rioja todavía tiene deberes pendientes. La Unión Europea marca objetivos claros: alcanzar un 55% de reciclaje en 2025, un 60% en 2030 y un 65% en 2035. Esto significa que el esfuerzo debe continuar, tanto desde las administraciones como desde los hogares. En este sentido, campañas como “Tus restos de comida al marrón” buscan reforzar la concienciación y seguir mejorando los hábitos. Desde el Consorcio de Aguas y Residuos se reconoce el esfuerzo ciudadano, pero también se insiste en que cada pequeño gesto cuenta. Porque detrás de cada bolsa bien separada hay menos residuos en vertederos, menos emisiones y más recursos aprovechados. Lo que está ocurriendo en La Rioja no es solo una cuestión técnica o ambiental. Es, sobre todo, una historia de cambio social. De cómo poco a poco, desde lo cotidiano, se va construyendo una forma distinta de relacionarnos con lo que consumimos. Nadie lo hace perfecto, y no se trata de señalar errores, sino de entender que el sistema funciona mejor cuando todos participamos. Porque el reciclaje no es un gesto aislado, es una cadena en la que cada persona cuenta. Y ahí está la clave. En entender que algo tan simple como tirar una cáscara de plátano en el lugar correcto puede formar parte de algo mucho más grande.
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