Cope Zaragoza
La vida en prisión es un universo donde todo se magnifica: los problemas, la soledad y también la fe. Así lo vive y lo cuenta Javier Sánchez González, capellán de la cárcel de Navalcarnero (Madrid) y autor del libro 'Orar con los salmos desde la cárcel'. En su obra, Sánchez no busca suplantar la palabra de Dios, sino "adaptar lo que la palabra dice en cada momento a la situación concreta de los chavales", cuyas preocupaciones a menudo quedan lejos del texto bíblico original. Para el capellán, la clave de la pastoral penitenciaria reside en "estar y compartir". Este acompañamiento, que define como un proceso de "meterte en la vida de cada ser humano", es una experiencia recíproca. "Cuando voy a la cárcel, voy a estar con ellos, pero también están conmigo", afirma Sánchez, subrayando un intercambio que va más allá de la simple asistencia espiritual. En un entorno hostil donde el afecto escasea, gestos tan sencillos como un "buenos días" o interesarse por la familia se vuelven fundamentales. Este calor humano, explica, es el vehículo para hacer presente el amor de un Dios que "es padre y madre que nos quiere a todos, sea cual sea nuestra condición". Un mensaje que llega a todos los internos, ya sean cristianos, musulmanes o se declaren ateos, porque apela a la "humanidad de cada ser humano dolido y herido por la vida". Esta misión en Navalcarnero ha estado muy marcada por la figura del Papa Francisco, con quien el capellán mantenía una relación cercana. El Pontífice, conocido por su especial atención al mundo penitenciario, se ha hecho presente a través de cartas y de un encuentro hace dos años con un grupo de presos, familiares y voluntarios. Para el Papa, los reclusos eran "los preferidos", no por sus actos, sino porque "son la gente que está más peor mirada por la sociedad". Sánchez recuerda dos mensajes que el Papa le repetía en sus encuentros. El primero, una petición directa: "Por favor, cuida a los presos, que son los preferidos". El segundo, un recordatorio del núcleo del mensaje cristiano: "Diles que, Dios perdona todo, que lo importante es que seamos capaces de pedir perdón, pero que Dios perdona todo". Esta idea, aclara el capellán, no es una "manga ancha", sino el reconocimiento de un amor divino que supera cualquier error humano. El capellán también comparte una reflexión del Papa sobre la universalidad del error: "La diferencia es que a unos nos pilla y a otros no, pero en el fondo todos cometemos errores". Por ello, insiste en que la necesidad de reinserción no es exclusiva de los presos. "Yo también necesito reinsertarme, como cualquier persona, yo también meto la pata", confiesa Sánchez, rompiendo con la etiqueta social que divide el mundo entre "los buenos" que están fuera y "los malos" que están dentro. La fe en la cárcel se vive con una intensidad particular. En situaciones de "dolor, de frustración, de sufrimiento", los internos se aferran a ella como a un "clavo ardiendo". Sánchez se muestra impresionado por la capacidad de los reclusos para participar en celebraciones de la Semana Santa de más de dos horas "en un silencio bestial", algo que probablemente no harían en la calle. Este ambiente de búsqueda espiritual propicia conversiones y bautismos. El capellán relata el caso de un joven turco, musulmán "de cultura", que decidió bautizarse tras empezar a participar en las eucaristías. El mayor obstáculo para él era comunicárselo a su madre en Turquía, temiendo que lo viera como una traición. La respuesta de su madre, transmitida por teléfono, emocionó profundamente a Sánchez: "Hijo, no te preocupes, no importa. Tienes que ser buena persona, sea lo que sea, y te comportes con los demás con cariño y con amor", le dijo. Para el capellán, esta reacción es una lección de vida: "Ojalá también nosotros tuviéramos esa capacidad. A veces todavía oímos eso del ‘el moro, el no moro’... Pues creo que ni moro ni cristiano, sino primero persona".
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