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Sant Jordi florece en una Barcelona contenta de evitar el “bullicio turista” de la Rambla: “Hemos recuperado la ‘diada’” | Collector
Sant Jordi florece en una Barcelona contenta de evitar el “bullicio turista” de la Rambla: “Hemos recuperado la ‘diada’”
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Sant Jordi florece en una Barcelona contenta de evitar el “bullicio turista” de la Rambla: “Hemos recuperado la ‘diada’”

Además de la ausencia de la céntrica avenida, inhabilitada por las obras, otra de las novedades de la jornada ha sido la recuperación del tradicional desayuno en la Generalitat, instaurado por Pujol y que no se celebraba desde hace 20 años Barcelona celebra su primer Sant Jordi sin la Rambla y con un sector de la rosa “ahogado por el intrusismo” Este 23 de abril, Sant Jordi ha florecido en Barcelona. Aunque, para algunos, quizás demasiado: la primavera, que ha arrancado con fuerza después de intensas semanas de lluvias, ha enmoquetado el Passeig de Sant Joan con el polen de los plataneros que flanquean la avenida. Estas molestas pelusas han volado a sus anchas, levantadas por el viento, posándose sobre los lomos de los libros y provocando estornudos y toses entre los libreros, así como entre los visitantes. “Tan preocupados por la lluvia y, al final, no que nos molesta es esto”, se lamenta Antònia, una jubilada que se pasea con mascarilla y gafas de sol para protegerse de la alergia. “Ay, la cuestión es quejarse”, la reprime Andrea, su hija, que hoy ha pedido entrar más tarde a trabajar para poder gozar de la ‘diada’ cuando todavía no hay demasiada gente. Antes de las 10 de la mañana hay muchos que ya pasean con la rosa en la mano y el libro bajo el brazo por el Passeig de Sant Joan, uno de los ejes que, durante los últimos años, ha ido tomando más fuerza en Sant Jordi. Para esta edición, con el objetivo de suplir la ausencia de una Rambla inhabilitada por las obras, ha añadido unos cuantos metros a su muestra. Entre las decenas de editoriales que se exhiben está Pol·len, un sello independiente que repite en este enclave, especializado en cómic y literatura juvenil. “Estamos contentos, parece que el día va a ir muy bien”, dice Jordi Panyella, editor de la casa. Son un sello pequeño, familiar. Él está junto a su sobrina en Passeig de Sant Joan, mientras su pareja se encarga de la parada en Gran de Gràcia, uno de los puntos más cotizados de la ciudad. Su día empieza temprano -“muy temprano”, enfatiza la joven. Salen de casa sobre las 5 de la mañana para cargar la furgoneta y dejar toda la mercancía en los stands , que quedan listos antes de las 9h. Y es que, aunque el grueso de ventas y de afluencia se da por la tarde, cuando la gente termina sus jornadas laborales, también hay mucho madrugador. “A primera hora ya había mucha gente comprando”, explica Mariona Gil, de la editorial Manifest. Este es uno de los sellos que ha estrenado el nuevo eje de Sant Jordi ubicado en la Plaça de la Catedral, como alternativa a la Rambla. Tanto comerciantes como visitantes se han confesado contentos con esta nueva ubicación. Dejando de lado algunos problemas organizativos de buena mañana, las editoriales están satisfechas con el cambio. “A primera hora nadie tenía claro dónde tenía que ponerse. Es normal, es el primer año, pero una vez superado eso, parece que será un buen sitio”, confiesa Gil. Al ser una plaza, permite pasear y zigzaguear entre las paradas de libros, al contrario de lo que sucedía en la céntrica avenida, que obligaba a bajarla o subirla casi en procesión, “sin tiempo para ver, ni pararte en ningún lugar. Te dejabas llevar por la masa”, asegura Martí, un oficinista que se considera un “friki de Sant Jordi”, hasta el punto que se ha pedido fiesta en el trabajo. “Aquello era un bullicio lleno de turistas. Ahora siento que hemos recuperado un poco la ‘diada’”, confiesa. Aunque inevitablemente, siendo Barcelona, hay turistas en todos los lugares en los que se celebra Sant Jordi, cierto es que la estrategia del Ayuntamiento de afianzar ejes como el de Sant Joan o Les Corts, así como instalar nuevas paradas en Ciutat Vella, parece que ha esponjado la afluencia. “Es más tranquilo que otros sitios, pero eso no es malo. Aquí la gente tiene espacio para pararse a charlar, mirar y tocar los libros”, explica Manuel Baraja, editor de Terra Ignota, otra de las editoriales que este año se ubica en la Catedral. Miguel Marco, firmando ejemplares en la parada de Terra Ignota, en la Plaça de la Catedral Uno de los títulos por los que han apostado este año es Crimen y diplomacia , una novela negra de Manuel Marco, un zaragozano afincado en Cádiz que se ha dedicado a repartir pequeños panfletos con un resumen de su libro, del cual ha estado firmando ejemplares. “Estoy muy ilusionado. Había estado en Sant Jordi antes, pero nunca como parte activa. Venir a firmar aquí, es fantástico”, explica. Se pasea por el espacio para intentar atraer a paseantes a la parada de su editorial. “No sé cuánta gente vendrá”, dice. Por eso, se ha calzado un sombrero indiano para protegerse del sol que ya empieza a picar, y se ha lanzado a hacerse la promo . Habla con pasión de su libro, una novela casi autobiográfica sobre un exdiplomático que se ve envuelto en una trama que le llevará desde Cádiz hasta Oriente Medio. Las similitudes con su protagonista no se limitan sólo a la ciudad andaluza ni al hecho de que su nombre sea el apellido de su creador, sino que Marco también fue diplomático. Estuvo destinado a Afganistán, el Congo o Malasia -como demuestra abordando a un grupo de jóvenes originarios de este país. Eso sí, su carrera global empezó después de años como farero, un empleo al que se entregó después de estudiar ingeniería en la capital aragonesa. “Mi vida es un continuo de giros. Igual que mi libro. Si lo compras, lo verás”, dice, pícaro. El president Illa, hablando con uno de los camareros de la 'chocolatada' celebrada en el Pati dels Tarongers Vuelve el chocolate con melindros en la Generalitat Una de las entradas a la Plaça de la Catedral es la concurridísima calle del Bisbe, una especie de conector que lleva hasta la Plaça Sant Jaume y constantemente atestado de grupos de turistas siguiendo al sempiterno guía que, paraguas en mano, va explicando las curiosidades de ese rincón. Pero este jueves, a los incontables visitantes se ha sumado otro grupo más inusual. El president del Parlament, Josep Rull, encabezaba una comitiva de parlamentarios canadienses, que están de visita en Catalunya, y a los que -cual guía turístico- Rull iba cantando las bondades de esa callejuela colindante al Palau de la Generalitat. Precisamente de allí venía la comitiva; la sede del Ejecutivo catalán ha acogido este Sant Jordi el tradicional desayuno con chocolate y melindros, una tradición que instauró Jordi Pujol durante su mandato y que dejó de celebrarse hace 20 años, desde que Pascual Maragall ofreció el último desayuno. El president Illa ha decidido recuperar este encuentro con 300 personalidades políticas, mediáticas y de la sociedad civil, celebrado en el Pati dels Tarongers, igual que también ha recuperado la misa de Sant Jordi. Esta, aunque no se dejó de celebrar, durante años no figuró en la agenda oficial y tampoco no se ubicaba en el Palau. Entre los asistentes estaba el arzobispo de Barcelona, el cardenal Omella, quien ha presidido el oficio y hasta ha invitado al president a usar la capilla para “rogar a Dios” cuando se vea en momentos de “duda o dificultad”. También han aparecido por la ‘chocolatada’ todos los consellers y parte de los secretarios de los departamentos, así como presidentes de los grupos del PSC, Junts, ERC, PPC y Comuns; los expresidents Mas y Montilla; el ministro de Industria y Turismo, Jordi Hereu; el delegado del Gobierno en Catalunya, Carlos Prieto; y la expresidenta del Congreso y exministra, Meritxell Batet. Además, se han dejado ver miembros del cuerpo consular, escritores, actores y periodistas, tanto las habituales firmas que se encargan de la actualidad política catalana como un grupo de periodistas madrileños. Y también ha sido invitadas dos personas migradas que viven en Catalunya y que están en proceso de regularizar su situación en el marco de las medidas impulsadas por el Gobierno.

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