La Jornada
La pregunta sobre la utilidad de la universidad pública se formula hoy en México y América Latina en condiciones profundamente desiguales. Desde gobiernos, organismos internacionales y sistemas de evaluación global se insiste en medir su valor a partir de un repertorio cada vez más estrecho de indicadores: rankings internacionales, productividad científica, captación de recursos externos o competitividad académica. Bajo esta lógica, la universidad vale en la medida en que puede competir. Todo lo demás –su función social, cultural y política– aparece como rezago, ineficiencia o herencia del pasado.
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