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'El veneno del teatro', Sirera no es llevado al límite | Collector
'El veneno del teatro', Sirera no es llevado al límite
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'El veneno del teatro', Sirera no es llevado al límite

Una de las cuestiones fundamentales en la literatura de hoy es el diálogo sobre los límites entre realidad y ficción. El teatro documento, la autoficción o los relatos reales parecen hacerse eco de aquello que afirmó Josep Pla , que la realidad era infinitamente más potente que la imaginación. Algo de esto está presente cuando un espectador de 2026 asiste a ' El veneno del teatro ', la obra que, escrita en valenciano en 1978, consagró a Rodolf Sirera . El texto no ha perdido ni un ápice de su vigencia. Aquí está presente ese diálogo ilustrado entre dos personajes que termina siendo un perverso diálogo romántico sobre la aspiración a lo absoluto en el teatro, aunque para eso se tenga que dinamitar el hecho teatral y crear uno más verdadero, el puro teatro de la vida. De esta forma el actor no interpretará sino que vivirá su papel en la comedia del vivir. Diderot deja paso a Larra y su «Todo el año es carnaval». Nunca está de más recordar un montaje clásico y de culto de esta obra: el que dirigió Emilio Hernández (a propuesta de Lluís Pasqual y el Centro Dramático Nacional) en 1983 con José María Rodero y Manuel Galiana, con traducción al castellano de José María Rodríguez Méndez . La misma que ahora se utiliza en este montaje del Teatro Fernán Gómez y sobre la que, no obstante, se han introducido algunos cambios significativos. Ya no estamos en el siglo XVIII sino en un momento indeterminado del futuro, ya los protagonistas no son hombres sino mujeres. El afamado actor Gabriel de Beaumont se convierte en Gabrielle de Beaumont y el Marqués en una Marquesa con derivas patológicas que invita a su casa a la actriz para someterla a un juego mortal: interpretar una pieza escrita por la Marquesa sobre la muerte de Sócrates basada en Jenofonte. Un juego mortal, en efecto, porque el desafío de la Marquesa es extremadamente radical: ¿se puede interpretar verdaderamente la muerte en el teatro? Los cambios introducidos por Robert Torres aportan sociología, es decir, tal vez pretenden expresar de alguna forma las nuevas sensibilidades de nuestros días. Sin embargo, el montaje se resiente gratuitamente desde el principio, desde esa geisha (otra licencia de Torres) que da de beber umeshu a Gabrielle y desencadena un suspense, una intriga que no prende en el patio de butacas. Aquí solo sentimos a ráfagas ese verdadero conflicto que debería desbordarnos con intensidad, emoción o terror, porque el plano interpretativo no da profundidad a la obra y lo que contemplamos mayormente son dos posiciones que vagan. Sirera no es traicionado, pero no es llevado al límite, ese límite del que habla el eterno arte del teatro.

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