Diario de Noticias
La guerra, con su brutalidad, su coste en vidas y el deterioro de la ética humana, sigue siendo guerra mientras no se impone un estado de paz. Todo lo demás son treguas frágiles, ceses de fuego precarios o simples pausas tácticas en conflictos que continúan vivos bajo la superficie. Eso es lo que revelan, con crudeza, los altos el fuego supuestamente vigentes en el Golfo Pérsico y en Líbano. En el primero, los ataques a la navegación mercante en el estrecho de Ormuz demuestran que la escalada no ha desaparecido; en el segundo, los bombardeos diarios del Ejército israelí sobre el sur del Líbano confirman que la violencia persiste aunque se la disfrace de contención. Llamar paz, o siquiera antesala de la misma, a ese escenario es una concesión al lenguaje de quienes manejan la intensidad de la violencia.
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