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Acostumbrada a recorrer las calles de medio mundo, Carmen Giménez cruzó hace unos días la meta en París con algo más que una victoria. Lo hizo con la sensación —no siempre fácil— de correr feliz. Primera española en ganar el maratón de la capital francesa, campeona de España en 500, 800 y 1.500 metros y vencedora en maratones de algunas de las principales ciudades españolas —Madrid, Sevilla o Barcelona—, y pionera también en completar pruebas internacionales como Boston o Sídney, afronta ahora un nuevo reto: este domingo estará en la salida de Londres , con el objetivo de seguir acercándose a los siete grandes maratones. Porque detrás de cada carrera hay mucho más que kilómetros. Hay una vida que cambió para siempre en 2010, un largo proceso de reconstrucción y una forma distinta de mirar el mundo. Hoy, cada maratón es también una manera de seguir adelante, de dar sentido a todo lo vivido y de convertir el esfuerzo en algo que va más allá del resultado. - ¿Qué sintió al cruzar vencedora la meta de París? -El año pasado me invitaron por primera vez y fui a probar, pero este año iba con la intención de disfrutarla un poco más, porque el anterior fue más de sufrimiento. Ha sido una carrera que he podido disfrutar y sonreír. Cuando crucé la meta me emocioné muchísimo porque es el resultado de esa filosofía de hacer las cosas con ilusión. -El 26 de abril también corre la maratón de Londres. ¿Cómo se gestionan mental y físicamente dos pruebas tan exigentes y tan seguidas? -Lo más importante es la cabeza. He sufrido mucho de ansiedad y autoexigencia en este deporte, aunque ahora voy gestionándolo. Me he dado cuenta de que, cuando bajo ese nivel de exigencia, todo sale mucho mejor. El maratón de Londres, por altimetría y trazado, no me es favorable, así que mi objetivo no es hacer marca personal, sino completarla y hacer el 'check' en otro gran maratón. Mentalmente lo afronto con respeto y tranquilidad. -De los siete grandes maratones del mundo, ¿cuáles ha hecho y cuáles le faltan? -La primera fue Berlín. Luego completé Boston, Sydney y ahora, si Dios quiere, Londres. Me quedaría Tokio, Chicago y Nueva York, que es la más exigente por las subidas. Esa me la planteo sin importar el tiempo: simplemente hacerla y cerrar las siete grandes. -¿Qué hay detrás de un maratón como la de París o Londres? -En mi caso, el entrenamiento físico es necesario, pero no suficiente. Lo más importante es la cabeza, la estabilidad emocional y el factor suerte para que ese día se den las condiciones adecuadas para que todo salga bien. -¿En qué momento siente que pasa de correr por necesidad a competir para ganar? -Yo nunca he competido por ganar. No tengo un carácter competitivo y, de hecho, no me gusta competir. Lo paso mal compitiendo. Me gusta entrenar, pero competir ha sido un aprendizaje durante todos estos años. Mi entrenador siempre me dice que corra feliz. -Antes, su vida era completamente distinta. ¿Quién era la Carmen de antes? -Era una Carmen muy diferente, probablemente con más seguridad, con la sensación de que podía proponerse las cosas y conseguirlas. El deporte fue un punto de inflexión y me quitó parte de esa seguridad. Me sentí insegura, como si las cosas ya no fueran tan fáciles. Ha sido una lucha entre mi vida personal, donde me siento segura, y la deportiva, donde me he sentido más insegura. Al final he intentado trasladar lo bueno de un lado a otro y me ha enriquecido. -¿Qué parte de aquella Carmen ya no existe hoy? -Hace tiempo que dejó de existir la Carmen que creía que todo se podía conseguir. Puedes intentarlo, pero la vida te va marcando. No creo en esas frases de «si lo crees, lo consigues». Están vacías. No puedes conseguir todo lo que quieres por mucho que trabajes. Hay cosas que la vida no tiene marcadas para ti. -En 2010 llega la agresión que le deja en silla de ruedas. ¿Cómo fue ese momento que cambió su vida para siempre? -El 12 de marzo del 2010, el que entonces era mi pareja me tiró desde un tercer piso. Pasé de tener una vida en la que había estudiado dos carreras, trabajaba en una consultora y viajaba, a verme simplemente viva. Durante un tiempo solo fui consciente de que lo importante era estar viva. Luego llegó entender la discapacidad. Yo nunca había convivido con una persona con discapacidad y tenía una visión muy negativa impuesta por la sociedad. Me taché muchas cosas de la lista de posibilidades. Me creí el «no puedes». Pero llegó un momento en el que hice ese 'clic'. Hoy doy gracias porque, gracias a la discapacidad, soy quien soy. -Entonces, ¿no cambiaría nada de lo que de lo que le ha pasado? -No cambiaría nada. Cada paso y cada día me han llevado hasta donde estoy hoy, y no cambiaría este presente. -¿Cómo fueron esos años posteriores a la lesión? -Fueron muy duros. Han pasado 16 años y solo se me ocurre el verbo aceptar. Te genera mucha desconfianza, porque si alguien a quien quieres intenta matarte, piensas: «¿Qué me puede hacer alguien que no me quiere?». Eso genera miedo. La lesión medular no me ha parado; el miedo, sí. -¿Qué tiene que ver un diccionario con su recuperación? -Después de la agresión estuve en la UCI y luego ingresada varios meses. Entré en una espiral de todo lo que mi mente decía que no podía hacer: no podía caminar, viajar, ser madre... La lista era infinita. Hasta que pensé: «Voy a hacer una lista de lo que sí puedo hacer». Pedí un diccionario y empecé a buscar verbos. Me di cuenta de que los que me daban ilusión no eran los de acción, sino los de emoción: soñar, sonreír... Y encontré el verbo vivir. Ahí hice 'click' y entendí el valor de vivir. -Cuando ya rehaces tu vida, pierde a su hijo Bruno en el parto. ¿Cómo fue recibir ese golpe? -Yo había conseguido rehacer mi vida. Tenía a mi hija Ana y, en 2018, embarazada de 34 semanas, empecé a sangrar. Llamé al 112 en cuatro ocasiones y la ambulancia tardó 62 minutos en llegar. Mi hijo nació en casa, prematuro y cuando llegamos al hospital, ambos muy graves, falleció a las ocho horas. Fue muy duro. Pero volví a coger el diccionario y leí el verbo 'amar'. Entendí que a mi hijo lo quería antes de nacer y lo quiero sin duda después de morir. Ahí nació mi filosofía de vida: amar para vivir. -¿De dónde sacó las fuerzas para seguir adelante? -Del amor por mis hijos. Cuando yo cogí a mi hijo en brazos porque el médico me dijo que se iba a morir, entendí el poder del amor que trasciende la vida. Para mí ha sido una fuerza enorme, la misma que me han dado mis tres hijos, Ana, Bruno y Valentina. La vida y el amor y son tan trascendentes, que todo lo demás pierde importancia. -Esa fuerza fue la que le impulsó a correr... -Empecé a correr por Bruno. Sentí que no le habían permitido vivir y que tenía que estar presente en el mundo. Por eso escribí su nombre en mi silla de atletismo. Yo quería que mi hijo corriese las calles del mundo. Corro para que el mundo no se olvide de él y para que Bruno conozca el mundo a través de mí. -Ahí nace la fundación 'Run For Bruno'. ¿Qué busca con ella? -Me di cuenta de que practicar atletismo con discapacidad es muy complicado: no hay espacios adaptados, los materiales son caros... Quiero que el deporte sea un derecho básico y facilitar que cualquier persona con discapacidad pueda practicarlo con normalidad. -¿Qué es Together Gym? -Es un espacio que hemos creado en el que personas con y sin discapacidad puedan entrenar juntas, con todos los apoyos necesarios para que cada uno tenga la mayor independencia posible. -¿Qué significa correr para usted? -Cuando me quedé en la silla pensé que no volvería a caminar ni a correr. Años después empecé a correr en silla y recuperé esa sensación de velocidad. Fue volver a sentir algo que creía perdido. La forma será diferente, pero el sentimiento y las sensaciones, tanto físicas como psicológicas, siguen siendo las mismas.
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