ABC
Hubo un país y hubo un momento en el que los jóvenes que no sabíamos que hacer nos comprábamos una guitarra, un bajo y una batería y poníamos al guapo a cantar. Porque hubo un país y hubo un momento en el que con el desamor hacíamos canciones, con las alegrías hacíamos canciones y, cuando no había ni de lo uno ni de lo otro, nos limitábamos a reír. Y después a hacer canciones. En realidad, no se me ocurre nada más sano que pasar la adolescencia con amigos , en el local de ensayo, canalizando la vida y sus vaivenes a través de la creatividad y de sus bafles, entre aislante de pared, cables pelados y un calor de cárcel hondureña . Pero la vida no es un anuncio de bífidus activo ni viene esterilizada, como mi gata y la bandeja del dentista. Y no todo es tan sano: antes del ensayo, unas birras: después del ensayo, unas birras; y, durante el ensayo, unas birras y paquete y medio de Fortuna. Porque hubo un país y hubo un momento en el que crear era lo normal: música en Rockola , pintura en los estudios, cine en la Gran Vía; mimos en el Retiro, toros en Las Ventas, fotografía en Lavapiés. Ese país y ese momento era España, que salía oficialmente de una dictadura y descubría la libertad. Aunque, digan lo que digan, la libertad llevaba bastante tiempo asomando la cabeza. Todo ello eclosionó en una sensación basal de alegría y expectación , que para un país es un acelerador de partículas, de partículas de entusiasmo, creatividad y optimismo. Y, como consecuencia, la alegría. Fueron aquellos 'los mejores años de nuestra vida', que no tiene nada que ver con la película de William Wyler , ni con la canción de Renato Zero, sino con el documental sobre los 'Hombres G' dirigido por Charlie Arnaiz y por Alberto Ortega que se estrena en salas el próximo 8 de mayo, antes de pasar a Movistar Plus+. En realidad, el documental es lo que parece: éxito imprevisto, muchachos felices y chicas cocodrilo. Hay risas, anécdotas y la sensación de que, tras Pizarro y Hernán Cortes, América es un virreinato de David Summers. Se nos muestran las casualidades que dan inicio a una banda, las películas de Manolo Summers y aquella llegada a Lima en la que la pista de aterrizaje estaba tan tomada por las multitudes que pensaban que quien llegaba era el Papa, sin saber que el Papa eran ellos, que se convirtieron rápidamente en el fenómeno –global en el mundo hispano– que ustedes conocen. El documental ya muestra una España polarizada y enfrentada entre dos cosmovisiones, una de las cuales eran ellos y otra los de siempre, cuyo odio y desprecio llegó al punto de agredir salvajemente a la banda en todos los conciertos. Los intentos de cancelación no son algo nuevo. Y entonces se salía como ahora: con la cabeza alta y sin lloriqueos. Pero el documental no es solo eso. Hacia la mitad de la cinta, el guion da un giro y nos muestra, quizá por primera vez, la cara oculta de la luna: depresiones , separaciones, silencios incómodos y un final que llegó como un golpe de bombo. Es esta quizá la parte más interesante, porque hubo un país y un momento en el que se pasaba del todo a la nada, sin escalas; en el que las estrellas tenían que vender sus chalés para irse a un cuchitril y poder comer; en el que el dolor, los malentendidos y la ansiedad se llevaban por delante no solo a la banda con mayor éxito de la historia de España sino, de paso, a sus integrantes. Pero hubo un país y hubo un momento en el que los hombres se miraban a la cara, los egos se tiraban al cubo de basura orgánica y los reencuentros eran posibles. En realidad, hubo un país y hubo un momento en el que dos hombres que habían tenido una amistad profunda no necesitaban más que mirarse a la cara y pegarse un abrazo para volver al punto exacto en el que lo dejaron, sin necesidad de narrativas, psicopedagogos ni cursos de nuevas masculinidades. Y, de ahí, de nuevo al éxito, a un éxito aún mayor que el primigenio. Es curioso descubrir que la primera época de Hombres G duró solo nueve años; la segunda, veinticinco. La gente no acaba de comprender que cuando en el año 2001 vuelve un grupo de los ochenta, es como si en los ochenta hubieran vuelto Los Brincos . Pero es que han pasado veinticinco años también de aquello. Que los Hombres G triunfen en este momento es como si en los ochenta hubiera tenido su mejor momento Celia Gámez. Y la realidad es que, por el camino, se han metido en el bolsillo a otras tres generaciones. «Hemos venido a hacer feliz a la gente», dice David. Y su éxito es, en parte, la consecuencia de esa misión, la reconciliación de España con su mejor versión . Porque hubo un momento y un país en el que funcionaba el esfuerzo y la amistad; el talento y el compañerismo; la profesionalidad y la humildad. Sí, aquellos fueron los mejores años de nuestra vida. «Hemos salvado el mundo», dice Rafa. Y quizá estén a tiempo de volver a hacerlo, de que surja de nuevo un momento y un país en el que estrellar el móvil y el odio contra la pared y poder decir, de nuevo, nuestro nombre hacia dentro.
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