ABC
Observarás tu reflejo en la pantalla con la misma atención con la que un cirujano analiza un tejido muscular. Los errores, los aciertos, las mejoras. Ampliarás la imagen para comprobar la iluminación, el contraste, la armonía. Te verás en tu pedida o en tu boda o en el anuncio de tu nueva criatura. Pensarás que ojalá no saliese ese fondo. Te preguntarás por qué no te peinaste un poco más o te arreglaste un poco mejor. Dudarás de si estás a la altura del momento, si pareces lo suficientemente emocionada, lo suficientemente feliz. Respirarás varias veces como quien está en la marca de salida de una maratón y, conteniendo el aliento , pulsarás el botón. Publicar. Esperarás dos minutos para ir refrescando las notificaciones . 20 me gusta. 47. 150. Rezarás porque supere los cinco mil. Mirarás los comentarios. Todos estarán en la línea de «Enhorabuena» o «Qué ilusión» o «Qué guapa». Contestarás algo vacío, pero convencional. La euforia de sentirte vista irá dando paso a algo más oscuro. No será tristeza. No será decepción. Pero sí se parecerá a una especie de desazón, una tirantez interior. Un pellizco que intentarás acallar con un «es lo normal» o «lo hace todo el mundo». Una punzada que se transformará en un zarpazo y que te quitará eso que era tuyo y que no le pertenecía a nadie más. Eso que compartías solo con los tuyos , porque no le incumbía a nadie más. Eso que se llama intimidad . Recordarás algo que le leíste al filósofo francés Guy Debord que decía que en la sociedad del espectáculo las relaciones entre personas habían sido suplantadas por las relaciones entre mercancías. Te preguntarás si tú eres eso, si te has convertido en un producto . Percibirás el aviso. Notarás el peligro. Entenderás que no eres la directora de marketing de tu propia vida. Que no estás en una simulación. Que los días y las emociones y los instantes no volverán. Y te darás cuenta de que has pasado los momentos más importantes de tu vida demasiado ocupada pensando en cómo enfocarlos a través de una lente. Como un tambor de guerra, más y más fuerte, más y más penetrante, te plantearás si ha merecido la pena. Y, como un rugido interior, se abrirá paso ese verso de Mary Oliver que te pide, que te suplica: «Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?».
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